EL ZAPAL: UN BARRIO DE CHABOLAS  EN BARBATE

 Antonio Aragón Fernández

     Cuando hablamos de "el Zapal" nos referimos al barrio de chabolas que existió en lo que hoy es el centro del pueblo, aunque en realidad llegaron a coexistir dos zapales: "el Zapal grande" (este de que hablamos), y "el Zapal chico" (luego conocido por las Casetas del Río).

    Es bastante probable que el término “Zapal” sea importado por las gentes de "poniente" que venían a la almadraba de Barbate. Surgida del ceceo característico de buena parte de la Andalucía oceánica, la palabra original es “sapal”, término de origen portugués trasladado por vecindad hasta Ayamonte, y que significa “marisma”. El padre Miravent utiliza el término hacia 1850 en su historia de La Higuerita, indicando que el pueblo iba creciendo a costa de ciertos terrenos, pues “…se van terraplenando sapales, y formando sitios de nuevo”[1] . En el diccionario geográfico-estadístico de Pascual Madoz, que vio la luz por aquellos años, en la voz Ayamonte,  puede leerse: “...carece de pastos naturales, y por tanto los ganados se alimentan en los pinares, y algunos meses en los zapales y marismas”. Madoz recopiló informes procedentes de pueblos y ciudades, por lo cual es evidente que la voz "zapal" era muy común en Ayamonte. A Barbate, principalmente a sus almadrabas, como decíamos, vinieron muchos de Isla Cristina (La Higuerita) y de Ayamonte, gente con experiencia en el mundo de la mar, lo cual podría explicar la denominación del lugar. Y esto sin descartar que también es probable que sean los propios portugueses aquí instalados los que den nombre al barrio, pues también los hubo en Barbate relacionados con la pesca del atún[2], y desde incluso mucho antes.

    Una vez explicada la referencia, comenzamos.

    A principios del siglo XX, Barbate se hallaba en pleno proceso de cambios. La pesca tradicional apenas había posibilitado, durante el siglo anterior, progreso alguno en el pueblo, pero la instalación de una almadraba desde 1874 atrajo a personas de diferentes lugares de España y de Portugal, y muchos de esos inmigrantes optaron por permanecer en el pueblo a la vista de las otras oportunidades derivadas de la pesca que se les ofrecían. En concreto, la principal posibilidad de trabajo venía dada por las facilidades pesqueras que ofrecía la costa marroquí en virtud del protectorado ejercido por España en Marruecos. En resumidas cuentas, la almadraba barbateña dio a conocer Barbate, y gran parte de los que acudieron atraídos por ella, a falta de otra cosa mejor, decidieron quedarse.

   Esta inmigración rompía el esquema seguido históricamente por el pueblo hasta entonces. Lo usual había sido una instalación de vecinos de Conil o Vejer, municipio este último del que Barbate dependía administrativamente, a veces de forma temporal en los meses cálidos. Ahora, la arribada de vecinos llegaba para quedarse, siquiera tímidamente, de manera que Barbate apenas superaba los 2.000 habitantes al despuntar el siglo XX. Pero la corriente se incrementó entonces, produciéndose un gran revulsivo tras la I Guerra Mundial impulsado por el colapso de los mercados europeos a consecuencia del conflicto. De golpe, Barbate se vio en una inmejorable posición para albergar una industria conservera y de exportación. Factores coadyuvantes fueron los nuevos inventos de la era contemporánea. Puede decirse que Barbate es un pueblo nacido al socaire de la industralización del país: la posibilidad de conservar el pescado en envases de latón fue decisiva, dada la distancia a la que se encontraba el pueblo de los grandes mercados.

   Pero la instalación de industrias, pese a la mecanización, necesitaba de un gran aporte de mano de obra, la cual no se hallaba en Barbate, por lo que acudieron  inmigrantes de todos los rincones de España. Las oportunidades fueron múltiples, y ello en un país repleto de conflictos laborales y desigualdades, y con una agricultura, base tradicional de la economía, en proceso de cambio. Barbate representaba una ocasión inmejorable y muchos la aprovecharon. Los hombres trabajaban en la mar o en los distintos sectores de servicios anejos a la industria; mientras las mujeres lo hacían en las numerosas fábricas, más de veinte, que llegó a tener el pueblo.

   Hacia el año 1925, nuestro pueblo tenía una población que superaba los 8.000 habitantes, la mayoría de los cuales habían arribado al mismo en los últimos seis años. Era más de lo que podía digerir. La gente que llegaba venía prácticamente con lo puesto, sin medios algunos para comprar un terreno y construirse una casa. Entonces no existían las viviendas sociales, ni se vendían pisos. En la mayoría de los casos eran los mismos dueños e inquilinos quienes construían la casa.

   De esta forma, sin más opciones, se fueron levantando, en la zona más olvidada y próxima a la playa, conocida desde no se sabe cuando por EL ZAPAL, una serie de chozas de paja, primero, y chabolas confeccionadas con trozos de madera, chapa y otros restos más tarde. A medida que nuevos inmigrantes llegaban, iban haciendo su pequeña vivienda, si es que se podía llamar así, y aumentando la población en las chabolas. Hubo un momento en que la población de El Zapal parecía superar al resto y, aunque, los que podían y querían ahorrar cambiaban el lugar por uno más habitable, otros venían de fuera a ocupar su hueco, de manera que parecía imposible que se acabase con el chabolismo en tanto no frenase la oleada de inmigrantes. 

    Las chabolas del Zapal llegaron a ocupar más de 42.000 mts./2 , sin que el Ayuntamiento de Vejer pudiera hacer nada para impedirlo. Las protestas por la precaria situación de aquellas "infraviviendas", aunque tímidamente, se dejaron sentir en el pueblo ya a mediados de los años 20, encontrando eco en una publicación quincenal llamada EL HERALDO DE BARBATE, aunque fue necesario un incendio que la justificara, señal de que la situación en el resto del pueblo no debía ser mucho mejor: 

   ...yo he visto a esos hombres, templados al rigor de las tempestades, curtidos por el yodo del mar, tostados por el sol “in misericorde”, llorar como niños al mirar sus modestos hogares de pajas, envueltos en la fulgente cabellera del incendio. Sus dantescas figuras, agrandadas inconmesurablemente por el terrible fenómeno óptico, danzaban como sombras macabras de un aquelarre medieval, alrededor de las llamas flexibles y ondulantes que hacían pasto de las chozas humildes, cebándose en los míseros ajuares...[3].

   Este texto fue escrito por el periodista y poeta Miranda de Sardi, quien dirigió dos periódicos en el pueblo, El Heraldo y más tarde LA INDEPENDENCIA DE BARBATE. El hecho de que Miranda, hombre con gran conciencia ante los problemas sociales, no arremetiera más asiduamente contra el chabolismo del Zapal, obedece, como hemos apuntado, a que la situación de Barbate en su conjunto no difería demasiado de lo que ocurría en aquellas chabolas; por otro lado, Miranda y otros barbateños comprometidos veían éste y los demás males del pueblo en la dependencia administrativa que Barbate debía a Vejer: Barbate prácticamente no poseía redes de alcantarillado, no tenía sus calles asfaltadas, ni agua corriente, ni luz eléctrica permanente, ni recogida de basuras, etc., a pesar de que ya a fines de la década de los años 20 era uno de los puertos más importantes de España, y de que su febril actividad diaria generaba una cantidad ingente de desechos que acababan en la vía pública[4].

   La ansiada independencia del pueblo llegó en 1938, en plena Guerra Civil, siendo la situación del Zapal, que a lo largo de los años 30 había, si cabe, empeorado, albergando ya a más de 2.500 habitantes, uno los argumentos más firmes para solicitarla, siempre inscrito en un panorama general de miseria:

 Las calles sin pavimento alguno, salvo dos excepciones, son en invierno lodazales de un barro pegajoso y mal oliente que en verano se convierten en verdaderas nubes de polvo que el Levante arrastra por todas partes; las basuras, los residuos orgánicos de todas clases, los desperdicios de las fábricas, en plena fermentación, se acumulan en grandes montones fétidos en los parajes más céntricos: las heces fecales se evacuan en plena vía pública, ya que son contadísimos los retretes que existen; las viviendas son muy reducidas, de un solo piso y sin ninguna condición higiénica; y esto, que es general en toda la población, sube de punto en el barrio denominado del Zapal, verdadero aduar marroquí, que contiene una tercera parte de los habitantes de Barbate, apiñados en chozas hediondas, en verdaderas zahúrdas, construidas con los materiales más inverosímiles, con pedazos de madera procedentes de envases de pescado, forradas con trozos de lata, dispersas sin orden ni concierto, sin guardar alineación alguna ni ofrecer tan sólo aspecto de calle; y en esas covachas, no mayores que una pocilga cualquiera de dimensiones normales, se hacinan sus tristes habitantes, sin distinción de sexos ni de edades, en asquerosa promiscuidad con sus cerdos, con sus asnos, y con los numerosos parásitos que les invaden, llevando en el rostro las taras de la degeneración, las costras y pústulas de las afecciones de la piel, y en sus cuerpos la más espantosa suciedad, consecuencia todo ello de un régimen de vida verdaderamente cruel e inhumano...[5].

   La segregación del municipio matriz, sin embargo, a pesar de los esfuerzos -se supone- de los distintos alcaldes del Barbate independiente, no supuso la desaparición del barrio del Zapal. Y ello por distintas causas, tanto a nivel nacional como a nivel local. Entre ellas: las condiciones en que quedó España tras la Guerra Civil, la llegada de nuevos inmigrantes a Barbate a las chabolas, la necesidad de otras inversiones igualmente urgentes, etc.

    Lo cierto es que El Zapal se mantuvo, llegando quizás a subir de los 3.000 habitantes, sin que, dada las condiciones políticas imperantes, existiesen voces que denunciasen, al menos públicamente, la situación. Allí se puso una pequeña fuente para surtir de agua a sus moradores, la Iglesia levantó una pequeña escuela para dar educación a los cientos de niños que vivían en las chabolas, y entre ellas se instaló una capilla en la que se veneró a la Virgen de Fátima.

   Mientras tanto, el resto del pueblo progresaba: alcantarillado, agua potable en las casas, luz eléctrica, recogida de basuras, asfaltado, etc., pero El Zapal seguía siendo el mísero barrio tercermundista de siempre, comenzándose en el pueblo a llamarse despectivamente a sus habitantes con el término de "zapaleños".

   No fue hasta los años 70, en que Barbate había pasado de ser un pueblo de inmigrantes a serlo de emigrantes, cuando, en una fase de construcciones generalizadas de viviendas sociales, se acabó de golpe con aquel mísero y vergonzoso barrio, compuesto por más de quinientas chabolas. Su adiós definitivo se produjo en noviembre de 1974, siendo alcalde Diego López Barrera, con el derribo de las últimas chabolas que quedaban, adquiriendo su destrucción un eco en la prensa que contrastaba con la nula repercusión en la misma de su larga vida:

   En la tarde del sábado fueron arrasadas las últimas chabolas que restaban en la barriada "El Zapal" de Barbate de Franco, presenciando la demolición, en un ambiente de júbilo popular, el gobernador civil de la provincia, acompañado del alcalde y jefe local, el presidente de la Diputación, el subjefe Provincial del Movimiento, el delegado provincial de la Vivienda y otras personalidades.

   En los 42.000 metros cuadrados de la barriada, existían 530 chabolas en las que habitaban en condiciones infrahumanas 2.365 personas. Estas familias viven ya en las nuevas viviendas de las barriadas "Luis Nozal" , "Carrero Blanco" y "San José".Cada una de doscientas. Ha sido un trabajo en equipo, recibiendo el Patronato Municipal de la Vivienda las ayudas precisas para realizar esta gran obra social [6].

   Como curiosidad, cierto periodista escribió que con la desaparición del Zapal desaparecía también la mayor reserva gatuna de toda Europa.

 

 

 

 

 

 



[1] Mirabent y Soler, J.: Memoria sobre la fundación y progresos de la Real Isla de la Higuerita. Ed.: José Rodríguez López. Isla Cristina, 1995. Pág. 168.

[2] La Independencia de Barbate, nº 20.

[3] Malia Sánchez, F. y Aragón Fernández, A.: José Miranda de Sardi, periodista y poeta: su papel en la independencia de Barbate. Cuadernos de Estudios de Barbate y su Comarca, 1. Asoc. Círculo de Amigos Barbate-La Janda. San Fernando, 1988. Pág. 128.

[4] Expediente de segregación de las aldeas de Barbate y Zahara de los Atunes del término municipal de Vejer de la Frontera. Cádiz, 1938.

[5] Ibídem.

[6] Hoja del Lunes (Diario de Cádiz). 24 de noviembre de 1974.