El Tetuán pirata y la ciudad de hoy

 

CUANDO TETUÁN ERA DE LOS CORSARIOS

 

La vejeriega que enamoró al caudillo musulmán[1]

 Buena parte de la historia que ahora nos interesa comenzó en España. Más concretamente en la comarca de Vejer, quizá sobre el suelo que ahora mismo pisa cualquiera de los que están leyendo estas líneas.

Y esto en gran medida gracias a Alí Ben Rashid, el Barraxe de las crónicas lusitanas, miembro de la nobleza islámica y descendiente del Profeta, además de antiguo soldado en tierras andaluzas al servicio de musulmanes granadinos, o de cristianos castellanos- que sobre esto no hay certeza-. Es él quien inaugura una revitalización de la lucha islámica contra las fuerzas cristianas que pretenden dominar el otro lado del Estrecho. Y a él se debe también la primera ciudad que nació para oponerse a la penetración cristiana desde el norte de Marruecos, Chefchaowen, una vez que los portugueses conquistaron Ceuta, en 1415.

La fundación de Chefchaowen se viste de tintes legendarios, pero al modo oriental, donde lo poético y sublime se halla por encima de los fastos heroicos y guerreros. Y es aquí donde aparecen los rasgos humanos que implican de forma directa y esencial a nuestra comarca en un amplio espectro de la historia de las dinastías que reinaron en Marruecos.

Porque fue probablemente en tierras del margen europeo del Estrecho donde Ben Rashid conoció a una vejeriega, llamada Lala-Zara en las fuentes (a veces Lala-Zuhrra o Lala-Zahorra), mujer de origen cristiano. De hecho, se apellidaba Fernández, pues las crónicas portuguesas narran la actividad de su hermano Martin Fernández, dejando claro  que era un elche, esto es, un cristiano convertido al Islam, quien estuvo de alcaide de Yebel Habib -Farrobo en las crónicas- y que, con cincuenta jinetes cedidos por el jarife, efectuaba correrías en torno a la guarnición de Arcila, plaza marítima ocupada en 1471 por las huestes portuguesas[2].

No se sabe cómo se encontraron el soldado musulmán y la cristiana; se especula que Lala-Zara pudo ser capturada en una de las frecuentes razias que tenían lugar entre granadinos y castellanos. Lo cierto es que Ben Rashid se enamoró de ella y la desposó, llevándosela consigo cuando salió para tierras marroquíes.

No muy lejos de Ceuta, su primo, Abi Jouma, dirigía un campamento militar que había comenzado a levantarse después de 1415 con vistas a organizar tropas que evitasen la expansión cristiana por aquellas tierras o incluso para intentar el asalto a la propia Ceuta en el mejor de los casos[3].

Muerto Jouma a manos de los portugueses, Ben Rashid tomó la iniciativa de transformar el campamento militar en un emplazamiento permanente. Cuenta la tradición que el caudillo musulmán prometió a su esposa Lala-Zara que la nueva ciudad de Chefchaowen -la cual iba a contruir a raiz de aquel campamento- se levantaría a semejanza de Vejer, pues ella con honda tristeza echaba de menos su patria, y el caudillo deseaba mitigar la nostalgia de su esposa. Corría el año 1471.

Al deseo del marroquí debió ayudar no solo el hecho físico, buscando una similitud con el pueblo gaditano observable hoy a primera vista, sino también, y sobre todo, el elemento humano. Chefchaowen llegó a conocer tres éxodos andaluces durante el reinado de Ben Rachid, convirtiéndose en una réplica de Al Andalus en lo que se refiere a la cultura, gracias, principalmente, a la tradición musical andalusí.

Rodeada de muros, la ciudad se extendió a lo largo de casi 40.000 m/2, espacio más que suficiente para albergar en poco tiempo a 10.000 habitantes, de los que al menos 3.000 eran andaluces[4].

Es así como la tradición prefiere atesorar en su recóndita esencia una fundación a partir del amor romántico y no de un estado de guerra. Un amor que va más allá de la muerte de Lala-Zara y que se reflejará en sus hijos, cuyos actos quedaran poderosamente grabados en la memoria de los contemporáneos y, en consecuencia, en la propia historia de Marruecos.

Hoy Chefchaowen es uno de los pueblos más bellos de Marruecos, hermanado con Vejer de la Frontera desde el año 2000 y con Barbate recientemente.

 

Mawlay Ibrahim, el gobernante generoso

 Del matrimonio de Ben Rashid con Lala-Zara nacieron dos hijos: Mawlay Ibrahim y Saida al Hurra. A la muerte de su padre, quien los había querido entrañablemente y proporcionado junto a la madre una exquisita educación, los hijos dominarán toda la zona inmediata al Estrecho por su lado meridional. Y lo van hacer hasta el punto que, en opinión acreditada de Gozalbes Busto, “Mawlay Ibrahim y Saida al Hurra, los hijos de la vejeriega, son tan célebres en el Marruecos de su tiempo, que no puede escribirse sin ellos la historia de su país”[5].

Ibrahim estuvo desde pequeño muy ligado a la vida militar. Siendo aún un niño sirvió como rehén a los portugueses, seguramente para obligar al padre a pagar un rescate después de haber sido hecho prisionero y liberado en un encuentro bélico con la guarnición de Tánger.

Aparece como soldado por vez primera en las crónicas hacia 1510, con veinte años, al frente de tropas de Chefchaowen que, junto a las de Tetuán y Alkazarquivir, se disponían a ponerle cerco a Arcila, en manos portuguesas; vuelve a encabezar las tropas al siguiente año para efectuar una razia en los alrededores de aquella ciudad. Desde entonces, ya no abandonará su afición a la milicia, cuestión a que obligaba una circunstancia de frontera entre portugueses, españoles y marroquíes, sobre todo a partir de los llamados presidios cristianos, habituados a organizar ataques sobre los aduares marroquíes para subsistir, y también para impedir la reorganización del enemigo.

Sus cualidades como militar y su apoyo al sultán Mawlay Ahmed al Watasi, convierten a Ibrahim en el principal valido de éste, de forma que nada se hace en el reino de Fez sin su aprobación. De hecho, llegará a casarse con la hermana del sultán, La-la Aixa.

Pero Ibrahim no solo era un hombre dedicado a la guerra y al poder, sino que, a imagen de los caballeros medievales, tenía otras cualidades más estimables. Para empezar, además del árabe, hablaba perfectamente portugués y castellano, demostrándose su gran talante humanista en su falta de intransigencia, incluso en el ámbito religioso, y en la fama que tenía entre los portugueses –sus enemigos directos- de ser hombre de gran generosidad y recto juicio.

Esto no quiere decir que tuviese ínfulas de santo. Hombre que vestía con elegancia incluso en los combates, era muy dado al vino y a las mujeres, esto es, a ciertos placeres de la vida generalizados entre hombres de distintas culturas y épocas.

Observaba siempre la costumbre de enviar al gobernador de Arcila, tras infligirle una derrota, sus más sentidas condolencias, informándole con ellas del estado de los prisioneros que había capturado. Cosa a la que el gobernador respondía en el mismo tono. Es más, algunas veces, Ibrahim le anunciaba el ataque que iba a efectuar a la guarnición, enviando un mensajero que siempre iba acompañado de algún valioso regalo.

Todas estas cualidades se pusieron de manifiesto en el caso de Fray Andrés de Espoleto[6].

Había acudido el fraile al reino de Fez con la intención de predicar la fe católica, dispuesto a morir a imagen de Jesucristo para demostrar la supremacía de esta frente a cualquier otra. Por regla general, no eran los musulmanes amigos de mandar a la hoguera o lapidar a los predicadores cristianos, dentro de una tradición tolerante hacia las religiones “del libro” o Antiguo Testamento: cristianas o judías. No por ello desistió el fraile en su intención de morir inmolado, pidiéndoselo a Ibrahim, y desoyendo incluso las palabras de los propios cautivos cristianos de la ciudad que le rogaban abandonase tal empeño. El gobernante fingió acceder, para luego dilatar la cuestión. Pero, resuelto Fray Andrés de Espoleto a sacrificarse de cualquier manera, el marroquí solicitó la presencia de algunos de los mismos cristianos que intentaban disuadirlo, quienes firmaron en una cédula como testigos de la intención  del fraile y de la negativa del musulmán. Al fin, ha pasado  la historia de las religiones la muerte de Fray Andrés de Espoleto como un martirio, cuando en realidad nunca estuvo en la autoridad principal de la ciudad el deseo de hacerle ningún daño.

Mawlay Ibrahim, el hombre que despertó la admiración de sus enemigos hasta el punto de quedar reflejada su vida en testimonios escritos de estos como si fuese un héroe cristiano; el hijo de la cautiva vejeriega que inspiró la creación de un pueblo, murió de disentería antes de haber cumplido los cincuenta años. Es indudable que tanto enemigos como amigos lamentaron pública o ocultamente esta pérdida.

 

Al Mandari, el granadino que fundó Tetuán

 Ya en el año 1400, la desembocadura del río Martil, Martín o Cruz, llamado por los naturales Uad el Yelú o Río Dulce[7], cerca de donde se ubicaría la ciudad, era Tetuán un nido de piratas, sufriendo el castigo de una escuadra cristiana que causó grandes estragos[8]. Tras la conquista de Ceuta, los portugueses se dedicaron a realizar cabalgadas (fossados decían ellos) sobre el territorio que rodeaba a Tetuán, población ubicada a diez millas río arriba[9], y luego atacaron la ciudad directamente, huyendo sus habitantes y dejando el lugar despoblado[10].

Pero es en 1437 cuando una incursión portuguesa destruye la ciudad, quedando prácticamente desierta casi cincuenta años.

El renacimiento de Tetuán es obra de un notable de Granada. Se trata de Sidi Alí al Mandari, “ex alcalde granadino de Píñar que, acompañado de tres centenares de guerreros de la mejor nobleza granadina, abandonó la lucha, antes de 1485, emigrando a Marruecos y reconstruyendo las ruinas de Tetuán.

La figura de Al Mandari no emerge diáfana y en todas sus dimensiones de la oscuridad de una época que no supo plasmar en crónicas fiables su vida. Acaso un puñado de documentos y la labor erudita e imponderable de Gozalbes Busto haya suplido en buena parte la pobreza de referencias a las que nos enfrentamos[11].

Es indudable que Al Mandari fue un hombre previsor e inteligente, pues logró permanecer en el poder durante más de cincuenta años. Era, además, a decir del padre Contreras, que como rescatador de cautivos tuvo tratos directos con él, persona de gran humanidad y que procuraba, dentro de las posibilidades de una época de mazmorras, tratar a los esclavos cristianos sin ningún tipo de desprecio[12].

Bajo las órdenes de Al mandari, los nazaritas,  luego de levantar un castillo, armaron fustas en el río con las que azotaron las costas españolas[13].  De hecho, “no puede hablarse de actividad corsaria a gran escala –ha escrito Gozalbes- más que cuando Tetuán resucita de sus cenizas”[14]. Sus razzias y asaltos a naves y tierras cristianas, principalmente entre el Estrecho de Gibraltar y Almería, les proporcionaron numerosos cautivos, con los cuales se realizaron obras en la ciudad y se construyeron las mazmorras[15]. Sabemos que aquí, como en Rabat, Salé y Fez, fue donde principalmente se asentaron los moriscos venidos de Granada o expulsados a partir de la conquista del reino nazarí[16].

La conquista del Peñón de Vélez y de Orán contribuyó a que los corsarios se concentraran en Tetuán la cual, en 1509, “contaba con una flota de trece fustas con tripulaciones mixtas: remeros berberiscos y `hombres de la mar e adalides´ granadinos”[17]. Poco a poco, Tetuán sustituye a Targa, otro puerto constituido en la salida mar de la región de Xauen[18], y que con toda probabilidad Ben Rasid había fomentando para las acciones corsarias, constituyéndose en el principal enclave corsario al oeste de Argel, y causa principal de la despoblación ribereña entre Huelva y Almería, afectando tanto a hispanos como a otros europeos[19].

Y todo ello merced a unos marinos procedentes del territorio granadino, con poco más de 10.000 habitantes[20], y con una particularidad: no existía el corso berberisco antes del último cuarto del siglo XV. Y no solo eso. El propio reino nazarí no poseía algo que pudiera considerarse como una escuadra. Es más, buena parte de los habitantes ribereños de esta zona del Magreb – los gumaris- no solo  carecían de naves y medios para sostener una actividad corsaria, sino que se mostraban especialmente contrarios a cualquier trabajo que tuviese que ver con la navegación, e incluso con la pesca[21]. Fueron los exiliados del territorio español los que implantaron la piratería musulmana en el Mediterráneo y en las costas atlánticas marroquíes: Argel, Trípoli, Targa, Salé, el mismo Tetuán no se entienden sin esta nueva realidad: “El odio y la venganza –ha escrito Gozalbes- alimentaron los esfuerzos de muchos de aquellos que jamás habían sido marinos. El afán de lucro y rápidas  riquezas avivó los ánimos, incluso de aquellos que quedaban en tierra pero alimentaban económicamente aquellas expediciones[22]”.

Incluso Al Mandari llegó a tener una flota de guerra dedicada al corso y al asalto de las costas cristianas peninsulares, y en la ciudad iba a prosperar una nueva oligarquía merced a los rescates de los capturados por las acciones corsarias, que conforma toda una sociedad esclavista[23]. En adelante, el alcaide de la ciudad va a ser siempre el mayor detentador de esclavos, producto de los asaltos corsarios, y quien va a tener preferencia a la hora de formalizarse los rescates con cualquiera de las órdenes redentoras, especialmente mercedarios y trinitarios[24].

Aún así, Al Mandari, como Ben Rashid, no siempre se sintieron seguros en sus respectivos gobiernos. En 1501, ambos jefes estaban dispuestos a aceptar ayuda portuguesa para trasladarse con sus familias a Túnez. Las causas no están nada claras. Probablemente, tengan estas que ver con la intención del rey don Manuel de Portugal de entrar en Marruecos con 26.000 hombres[25], una fuerza que difícilmente hubiesen podido contener no ya los gobernantes del norte, sino todo el territorio marroquí con sus numerosas y diversas ciudades; además, el reino de Granada andaba revuelto a cuenta de la presión monárquica sobre los musulmanes, materializándose a principios de 1502 la expulsión de todos aquellos que no accediesen a convertirse al catolicismo, casi diez años después de que se hubiese hecho lo propio con los judíos. Unos y otros suponían una llegada masiva de gente al territorio magrebí, particularmente a las ciudades costeras, y también a Fez, a Tetuán, Xauen…Por un lado, alimentaban la piratería en todos los puertos contra toda nave cristiana, y en especial contra las costas de la península, y por otro, forzaban una inestabilidad en los estados donde se asentaban.

Con todo, los distintos testimonios de la época no dejan lugar a dudas: es el puerto de Tetuán el principal foco de la piratería que se padece en las costas del sur de la península ibérica, indudablemente gracias a su cercanía, pero también al conocimiento que los habitantes de la ciudad tenían del terreno y a la ayuda de países enemigos de España. De hecho, algunas de las expediciones argelinas partirán de aquí.

Cervantes pone de manifiesto la ventaja que suponía la escasa distancia existente entre las costas europeas y africanas para que los corsarios de Tetuán actuaran en el Estrecho y zonas adyacentes, ya que desde esta ciudad  se podían hacer incursiones en un mismo día, tanto al este como al oeste de Gibraltar, “pues anochecen en Berbería y amanecen en las costas de España, y hacen de ordinario presa, y se vuelven a dormir a sus casas”[26].

Este es el principal motivo de que la gente que acude a la almadraba de Zahara –y con ella la del resto de nuestra costa- no pueda

 

“…dormir sueño seguro sin el temor que en un instante los trasladen de Zahara a Berbería. Por esto las noches se recogen a unas torres de la marina, y tienen sus atajadores y centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos, puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros, mayorales, barcos y redes, con toda la turbamulta que allí se ocupa, han anochecido en España y amanecido en Tetuán…”[27].

  

Saida al Hurra, la hija de una vejeriega al frente de una ciudad pirata

 Saida al Hurra es otra personalidad clave en la historia de Marruecos. Ni en el mundo cristiano ni en el musulmán era entonces fácil que una mujer que no poseyese sangre real pudiese destacar en nada. A decir de Gozalves, “es un caso extraordinario, no solo en su época, sino en toda la historia marroquí, que no conoce, en el campo de la política activa y directa, la intervención de mujeres, tal como aparece la actuación de esta medio vejeriega”[28].

Erigido Al Mandari en el hombre fuerte de la zona tetuaní, y dada su más que probable origen noble, Ali Ben Rashid, padre de Saida al Hurra, pensó que podía ser el mejor partido para su hija, casándola con el granadino siendo ella muy joven.

Al Mandari tuvo que enfrentarse pronto a un ambiente hostil, celoso de la minoría que se había puesto al frente de Tetuán. El matrimonio fue por tanto un concierto de intereses entre una oligarquía con experiencia en el dominio del territorio y con numerosos adeptos, y un recién llegado que buscaba un apoyo firme sobre el que sostenerse.

Claro que casi los últimos veinte años de esos cincuenta que Al Mandari mantuvo el poder, fue su esposa, Saida al Hurra la que llevó las riendas del mismo. Y ella era otra cosa muy distinta. Persona de gran carácter, hasta el punto de que un embajador portugués la califica de “mujer belicosa y muy violenta”[29], se fue acostumbrando, en las temporadas que se ausentaba su esposo con motivo de las expediciones militares, a quedarse como gobernadora de la ciudad. Es así como, una vez alcanzada la senectud por Al Mandari, con quien llegaría a tener una hija, y sin capacidad el granadino ya para ejercer su mandato, ella se encarga, como mujer decidida y experimentada, de llevar las riendas de la ciudad. Y esas riendas se movían en función del corso, su gran negocio.

Ese negocio no era cualquier cosa. Sus acciones piratas y su lugar estratégico convierten a la ciudad de Tetuán en el más importante mercado de esclavos del Mediterráneo occidental, de los que viven allí a partir de aquella fecha unos tres mil, según Luis de Mármol[30] y León el Africano[31], cantidad que se eleva a cinco mil para el Padre Contreras, todas cifras quizá algo abultadas[32]. En cualquier caso, el monto del dinero de los rescates para liberar a estos cautivos debían suponer unos ingresos fabulosos para la oligarquía tetuaní, de la que Al Mandari y Saida eran sus más ilustres representantes.

Se enmarcaba este negocio corsario, además, dentro de la secular lucha contra los cristianos, siendo una prolongación del conflicto que hacía siglos venía desarrollándose en la península. Lo cual, desde luego, concedía una validez moral a cada una de las acciones piratas sobre el enemigo cristiano.

El tándem Ben Rashid- Al Mandari (luego Ben Rashid-Saida al Hurra) impidió que la dominación portuguesa se extendiera más allá de unas cuantas ciudades marítimas, a la vez que transformó una lucha meramente defensiva en ofensiva merced a aquel corso, que tuvo en Tetuán el principal pilar en el oeste mediterráneo, como Argel lo fue en el central.

Por otro lado, en Fez no existía, a manos del sultán, un poder tan fuerte como para someter a las ciudades del norte, pero tampoco tan débil como para que fuese ignorado por estas. Así, mientras desde Fez el sultán intentaba controlar las ciudades que nominalmente estaban bajo su órbita, Tetuán, que era una de estas ciudades, en manos de Al Hurra, gozaba de una independencia casi absoluta. Parece ser, que es hacia el año 1523 cuando la esposa de Al Mandari coge las riendas del poder[33], seguramente porque al granadino le pasaban factura los años y el cansancio. El hecho de que, entre 1537 y 1538, unas negociaciones de paz entre Lisboa y Fez se estaquen a causa de negarse los marroquíes a incluir a Tetuán, demuestran hasta que punto esta ciudad goza de independencia, quizá ya bajo la órbita de la influencia turca. El sultán no tenía capacidad alguna para prohibirle a la gobernadora de hecho, la hija de la vejeriega, que siguiese ejerciendo el corso.

Pero, para entonces, la política en Marruecos es todo un avispero donde los equilibrios son inestables y las inclinaciones de los distintos poderes basculan entre cristianos y turcos, por no hablar de nuevos actores, representados por extensas familias, que emergiendo del propio suelo marroquí se hallan en pugna[34].

Muerto poco después Al Mandari, Saida se va a casar en 1541 con el sultán de Fez, Mawlay Ahmed Al Watasi, lo que en principio le permitía seguir siendo la rectora de los destinos de Tetuán. Celebrada la boda en esta ciudad, es evidente que estamos –como afirma Gozalbes- ante un enlace de naturaleza política, en el que ambas partes sacaban rédito: Al Watasi se garantizaba un apoyo firme de una ciudad convertida en baluarte de la lucha islámica contra el poder invasor cristiano, y Saida Al Hurra recibía un espaldarazo a su legitimidad, además de asegurar una retaguardia belicosa y mudable, el lugar desde el que podía llegar el verdadero peligro en una época en la que los turcos estaban consolidando su poder marítimo en todo el Mediterráneo.

Pero los días de Saida en Tetuán estaban contados. Quizá la ciudad y su entorno no aceptaban con agrado esa estrecha vinculación con Fez que ella había propiciado al casarse con el sultán; quizá, el avance turco pretendía hacer con Tetuán lo que ya había hecho con Argel, algo que tal vez intentaba evitar Saida casándose con el sultán, Ahmad al-Watassi; quizá, los servicios de espionaje cristianos –tanto portugueses como castellanos- estaban dinamitando las bases del poder en el norte de Marruecos, puesto que ese poder no les era favorable. En definitiva, a lo largo de los años toda la zona se había venido convirtiendo en un tablero de ajedrez en el que se jugaba el dominio de la zona oeste del Estrecho, perdida ya para los cristianos la oriental y gran parte del Mediterráneo abandonado a su suerte.

Lo cierto es que, hacia el año 1541, se produce una conspiración en el seno de la aristocracia tetuaní para deponer a Saida. Suponemos que sale hacia Fez para reunirse con su marido. De ser así, no pudo vivir muchos años en paz. En 1545, en la batalla sobre el río Derna, al-Watassi cae derrotado a manos de los saadíes, quienes tienen su capitalidad en Marrakech[35]. No obstante, tras la firma de un acuerdo, el sultán aún puede recuperar el trono en 1547, aunque no llega a reinar dos años. El 31 de enero de 1549, Muhammad al-Sayj entra en Fez, ordenando la muerte de al-Watassi y parte de su corte[36]. Ignoramos si entre esta se hallaba su esposa Saida.

  

Orto y ocaso del Tetuán pirata

 La desaparición de Saida al- Hurra del escenario político no menguó en absoluto la principal actividad de la ciudad. Es más, es muy probable que sea, aproximadamente, entre 1550 y 1580 cuando Tetuán se convierta en el origen de la piratería más temida en las costas gaditanas[37]. Sin embargo, la falta de referencias explícitas nos impide conocer cuántas de las actuaciones corsarias en nuestra costa tenían origen en este puerto.

Sabemos que en 1549 su puerto acoge a veinte naves argelinas, provocando la inquietud en la costa gaditana[38]. Álvaro de Bazán, por orden de Felipe II, cegó la barra de su río en 1565 “echando en ella varias chalupas y dos bergantines cargados de peñascos de Gibraltar”[39]. No parece que tal acción significara un freno para la piratería, pues los naturales lograron reflotar los dos bergantines[40].

El arribo de los moriscos huidos de España y la influencia turca[41] aumentan su efectividad corsaria. En 1573, existían allí no menos de 23 naves, turcas y autóctonas, que en ese años salieron de expedición a la costa almeriense al mando del caíd Said ed Dhogali[42]. Incluso, tres años más tarde, el mismo alcaide de Tetuán era turco[43].

A principios del siglo XVII, se decía de su puerto que en él “un pirata puede hacer aguada, hallar buen refresco y comprar reservas de pólvora”, pólvora que era llevada al lugar por ingleses y flamencos[44].

La influencia turca no dejó de sentirse, aunque fuese con altibajos[45]. “Los mercados de esclavos de Tetuán y Argel –escribe Gozalbes- estuvieron íntimamente comunicados, complementándose el uno al otro, siendo normalmente el de Tetuán el que proporcionaba al argelino los mejores y más numerosos lotes de la mercancía apetecida”[46]. Todavía en el año 1646[47],  tenemos noticia de una empresa conjunta con los colegas de oficio de Argel para realizar un asalto.

Las luchas internas en Marruecos, incrementadas desde principios del XVII, debieron estorbar la actividad de los corsarios. A mediados de este siglo, escribe Gozalbes que los dirigentes tetuaníes buscaban afanosamente otras alternativas al corso[48].  Pero todavía en 1670, frecuentaban las costas andaluzas, “robando en ellas las marinas, cautivando las familias, y también a los pescadores…”, lo que motivó una respuesta del Duque de Medina Sidonia, que fabricó dos bergantines y solicitó y obtuvo de la Corona una patente de corso[49]. Esto no sería más que un ligero inconveniente para los piratas, que siguieron actuando, como lo demuestra el hecho de que, en el año 1693, se volviera a cegar -o por lo menos a intentarlo- la barra de Tetúan, trabajo que no serviría para nada pues “quedaba bastante capacidad para que salieran las embarcaciones”[50].

Tetuán vivió estos años independiente de los sultanes de Fez, con sus piratas y sus viviendas y espacios públicos de sesgo andaluz. De hecho, en 1625, el enviado inglés Harrison, afirmaba de los tetuaníes que “no reconocen ningún rey, sino Dios…y quieren formar un estado libre como Venecia”[51]. Pero su supervivencia como ciudad soberana tenía los días contados. Con el tiempo acabó siendo absorbida por el poder de los jerifes marroquíes, y se mezcló en luchas intestinas que la llevaron, en 1739, a ser completamente arrasada. Las relaciones con España mejoraron a fines del siglo XVIII[52], lo que supuso la desaparición de sus corsarios. Finalmente, en 1859, España optó por la invasión militar del territorio marroquí, siendo ocupada al año siguiente la ciudad por tropas españolas a las órdenes del general O´Donell[53].

Para concluir nuestras pinceladas históricas sobre Tetuán, qué mejor que las inspiradas y evocadoras palabras de Gozalbes Busto:

 

Es un granadino quien funda la ciudad de Tetuán y es el pueblo granadino, en todos sus estratos sociales, quien compone la población tetuaní. Podríamos hablar, con toda propiedad, del periodo de nacimiento y crecimiento de la ciudad de Tetuán, como siglo del Mandari o siglo granadino.

Un Tetuán que es la prolongación dolida de Granada en tierras africanas, con recuerdos persistentes y nostálgicos de la misma, que jamás han dejado de existir en las mentes y el sentimiento de sus habitantes más preclaros[54].

  

UNA VISITA AL TETUÁN DE HOY (mediados de mayo de 2016)

Rashid  y la medina antigua

 Si la superstición tuviese alguna base científica, todos los tetuaníes padecerían un destino infortunado. Tetuán esta lleno de gatos como Barbate lo está de perros, y más pronto o más tarde tropiezas con un gato negro. Claro que esto puede que no pase de ser una pura anécdota en un lugar con numerosas cosas por descubrir, a no ser que te incomode la presencia de tanto felino, tan respetados porque, como ocurrió en el desaparecido barrio del Zapal en Barbate, ahuyentan a  todos los roedores.

He visitado la medina vieja con Rashid[55], un guía que me ha salido al paso en la Plaza de “Primo”, lugar de inevitable visita donde pululan indisimuladamente unos cuantos candidatos a servirte de cicerone aprovechando que desde allí se sube cómodamente al casco antiguo. Cien dírhams por dos horas de paseo. Diez euros, grosso modo, paso de regatear. Hombre de mediana edad, bajito, de piel oscura y boca desdentada, Rashid habla por los codos, requisito indispensable para su trabajo; conoce bien los rincones de cada calle, la historia de cada casa y sobre todo, qué puede y no puede decir de su ciudad y de su país. Según he oído, hay policías de paisano a la vuelta de cada esquina para evitar veleidades yihadistas. Bueno, al menos eso es lo que dicen para justificar esa presencia policial. Puede que el mismo Rashid sea uno de esos policías, su trabajo es idóneo para ojear el ambiente y saber que se cuece en cada visita.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1997, la medina es un laberinto de calles estrechas y sombríos pasajes, como si la hubiese trazado un amante de los paseos reposados y solitarios. Dicen que hay una forma de saber si estás perdido en Tetuán, y es por el número de baldosas que se pueden contar a lo ancho de la calle: tres es calle principal; dos, tiene salida; una o ninguna, no hay salida. Paseando con Rashid, ni siquiera me fijé en las baldosas del suelo. Ventajas de ir con un guía. En esta medina se halla el origen de la ciudad, la que levantó Al Mandari a fines del siglo XV junto a un puñado de granadinos que consideraron que la guerra contra Castilla estaba ya perdida. Poco a poco fueron levantando casas musulmanes y judíos que huían de las imposiciones religiosas que se abrían paso a sangre y a fuego en una Granada donde imperaban las hogueras de la sacrosanta Inquisición. Así es como se llenó la ciudad de gente inclinada al trabajo y al comercio, mientras en España se rendía pleitesía a la vida muelle y al rentista, a la limosna purificadora y a la sopa de convento.

En el monte sobre el que se comenzó a levantar la nueva Tetuán, Al Mandari y los suyos no la tenían todas consigo. Los rifeños, celosos siempre de su independencia, sintieron que invadían su espacio, que se les imponía una población ajena a la que ninguno de ellos había invitado a venir. Por eso el granadino decidió rodearcon una fortificación toda la medina, cinco kilómetros de murallas que buscaban garantizar la seguridad a los nuevos tetuaníes. No sólo eran tribus rifeñas las que amenazaban a la ciudad que había renacido de sus cenizas. También estaban los portugueses, quienes desde Ceuta solían realizar cabalgadas o razias devastando todos los alrededores.

De aquellas murallas hoy no queda mucho. Acaso algunas entradas que daban antiguamente acceso al recinto y que, como en las ciudades españolas de entonces, se cerraban a cal y canto apenas llegaba la noche.

En la medina, los barrios se fueron dividiendo por oficios, como era habitual en el medievo. Hoy siguen distinguiéndose en el paisaje urbano esta vieja división urbana. En el barrio de los curtidores apenas te puedes abrir paso entre bolsos, mochilas, correas y toda suerte de marroquinería; cerca de allí, los zocos se multiplican, los hay con todo tipo de productos: carnes, pescados, frutas, hortalizas...; de frutos secos, con múltiples dátiles e higos; de pasteles y dulces variados, luciendo a plena luz como orgullosos de una fama más que  merecida, etc.

No solo en el trazado urbano y en la arquitectura se rememora la época medieval. También llega al olfato. Porque ciertos zocos impregnan de mal olor todo el espacio que los rodea. Aunque no parece haber mucho pescado, y se ve fresco, algunos restos quedarán descomponiéndose en algún lugar. Cuesta pensar que esta ciudad en su tiempo pudo oler mejor que la mayoría de sus contemporáneas. Porque fue toda una innovación la que introdujo Al Mandari en Tetuán al ordenar construir canalizaciones subterráneas, cosa nada habitual en las ciudades marroquíes, o en las españolas. El nostálgico guerrero granadino no podía dejar de sucumbir a importar soluciones granadinas a los problemas de las aguas residuales.

A pesar de la belleza de la medina, me llamó la atención desde el primer día la escasez de turistas. Es algo que cualquier persona aficionada a viajar no puede dejar de agradecer. Tanto turista malea, desvirtúa el lugar, el cual se amolda a la demanda occidental u occidentalizada, reduciendo las posibilidades de sorprenderte con lo que te es extraño. Esto no quiere decir que no estemos ante una cultura occidental -sea lo que sea lo que quiera decir esto-, pero flota en el ambiente cierto halo de personalidad norteafricana que se resiste a dejarse arrastrar por la marea turística.

Rashid se ha interesado por mi estado civil luego de media hora de paseo y una, podríamos decir, ingenua confianza en el futuro del género humano. Entonces, se ha ofrecido a presentarme una mujer, “no puta –aclara- mujer para casarse”. Afirma sin sombra de resquemor que hay muchos españoles aquí casados con tetuaníes, que ellas prefieren españoles. La mujer de la que habla es sobrina suya, una joven que nunca ha estado con un hombre. “En algunos lugares todavía esto se considera meritorio” –pienso, mientras disparo con la cámara del móvil a lo largo de una calle llena de arcos y transeúntes con chilabas. Las chicas son de tez muy pálida -es difícil que la mayoría descubra algo más que el rostro, y éste, siempre enmarcado por un pañuelo-, se ve que aquí la categoría es lucir la piel blanca, como lo era en Europa hace poco más de un siglo. 

Rashid va sacando el tema a cada paso. Dice que las bodas duran en Tetuán tres días, que acuden a ellas todos los familiares y amigos, matan una vaca y no sé cuántos corderos. “Aquí una boda cuesta mucho dinero” –me dice, mientras me enseña ciertas telas bordadas que sirven para vestir a la novia y que lucen expuestas a la puerta de una tienda junto a un mueble con taracea que se usa para introducir a la recién casada y alzarla en volandas. “En España –le aclaro- lo que cuesta mucho dinero es el divorcio”.

Como se ha percatado de que me entusiasma la artesanía, me lleva a una cooperativa que se dedica a la confección de alfombras y otras telas. Bueno, más bien será por buscar añadirle a la ganancia cierta comisión prometida por algún tendero. Me recibe muy amablemente un tal Hassán (este nombre se repite aquí hasta la saciedad), un tipo afable y locuaz -como casi todos los varones aquí- que habla perfectamente el español. El lugar es como un viejo palacio, con bellísima arquería, amplio y muy bien decorado. Está repleto de toda clase de confecciones bien ordenadas en estanterías por doquier. Desconfío, podría ser género de fabricación industrial; en la habitación del hotel, dentro del ropero, he visto una alfombra para orar que parecía una obra de artesanía persa.  Cuando la he abierto, lucía descaradamente una etiqueta donde podía leerse Made in China.

Hassán me conduce al tejado a contemplar una panorámica de la ciudad. Allí, después de hacer fotos, no puedes resistirte sin parecer descortés a la tentación de aceptar un té verde con hierbabuena y sentarte junto a tu anfitrión. Luego, comienza el desfile de alfombras de todo tipo, que ordena a un ayudante extender delante tuya a pesar de que protesto porque sé que al fin, si permito tanta amabilidad y trabajo, habré de gastarme los cuartos.

De nuevo en la calle. Por todos lados veo mezquitas en construcción. Rashid dice que Marruecos es el país con más mezquitas del mundo. Le replico que tal vez España sea el país con más iglesias. Por lo visto los saudíes están financiando muchos lugares de culto musulmanes a lo largo y ancho del mundo, aunque ignoro si esta es la razón de que se multipliquen aquí. En verdad, las mezquitas para ellos no solo son lugares de culto, lo principal de su vida social gira en torno a sus lugares sagrados. Están obligados a rezar cinco veces al día, aunque no necesariamente en la propia mezquita, pueden hacerlo en cualquier lado e incluso algunos se ahorran una o dos oraciones. La primera noche, pasadas las 4 de la madrugada, me despertó una voz potente a través de un altavoz. Era un muacín desde un minarete cercano al hotel: llamaba a la primera oración del día, la que tiene lugar antes del amanecer. A la tercera noche, ya me había acostumbrado y hasta me gustaba oírlo, pues llaman con una poderosa armonía, como si cantasen.

Rashid me enseñó en la medina vieja dos tipos de lugares de culto: la mezquita y otro que creo se llaman "zawiyas", escuelas islámicas. Estos son recintos más pequeños que las mezquitas, sin minaretes, sencillos lugares donde van a rezar. Nadie que no sea musulmán puede entrar en ellos. Me conformo con fotografiar sus magníficas entradas enmarcadas, después de todo siempre me atrajo el arte musulmán, y estos arcos parecen ser todo un compendio de su arquitectura.

Oscurecido ya del todo, Rashid me enseña el callejón más estrecho del mundo, una especie de pasadizo que da a un patio interior. Por él difícilmente podría pasar, apenas tenga exceso de lípidos, una persona que pesase más de cien kilos. Por fortuna, la gran mayoría de tetuaníes son bastante delgados. Más o menos como Rashid o como yo.

Terminamos el paseo en la plaza de Hassán II. La plaza está cerrada a todo lo largo y ancho por un cordón de policías y vallas metálicas. Allí está el palacio del actual rey -en el mismo lugar donde estuvo antaño el consulado español-, y las autoridades prefieren prevenirse de esta forma ante cualquier posible atentado. En esta plaza hay cuatro faros modernistas, levantados al estilo de los minaretes y diseñados por Enrique Nieto, un arquitecto catalán que dejó su huella sobre todo en Melilla. En definitiva, un espacio que da paso al Tetuán moderno y más plano desde la parte vieja y empinada. Un magnífico lugar para poner punto y final al paseo.

 

La alcazaba

 No había tenido tiempo el día anterior de subir hasta la alcazaba, la vieja fortaleza que reconstruyese Al Mandari con prisioneros portugueses y moriscos recién llegados de Granada y otros lugares. Hamid, el botones del hotel, se ha ofrecido a llevarme.

Hemos quedado a las 11 de la mañana en la plaza "Primo". Dónde sino. Cuando he llegado puntual allí estaba con una camisa blanca impoluta y unas elegantes gafas de sol. Me ha saludado alegremente y me ha informado que mejor me acompañaría un amigo suyo. Yo le he pedido que me acompañe él, que lo que tuviese que pagar se lo daría igual. Pero no quiere cobrarme, me explica que si sube lo hará para practicar su español, aunque preferiría no subir porque la calor es insoportable allá arriba.

Al final ha accedido, y hemos ascendido penosamente con los rayos de sol pegándonos en el cogote por una cuesta cercana a su barrio, que se llama "Málaga". En éste, como en otros lugares, hay algunas teterías en cuyas terrazas llenas de hombres se juega al dominó y a las cartas.

La “kasba” fue utilizada por los españoles de la época del Protectorado, quienes amoldaron la fortaleza a su gusto y necesidades del momento. Está cerrada al público, pues entre sus ruinas, en una visita turística, un guía perdió la vida al venírsele un muro encima. Llegados a su entrada, me llevo la mano al bolsillo, un par de euros resulta de lo más convincente para abrir la rejas.

Dentro hay un gran espacio rodeado de muros y edificios, algunos con pintas de comederos, cocinas y habitaciones de cuartel. Los arcos de herradura geminados, el paisaje de las montañas en frente (al parecer nieva en ellas en invierno) me recuerdan a Granada. En algún lugar de esta alcazaba, quizá frente a uno de estos arcos, Al Mandari debió contemplar, en el ocaso de su vida, las mismas montañas que ahora yo observo entrecerrando los ojos sacudidos por un viento fresco y racheado que me trae sensaciones como intemporales, como trascendentes. Por un momento desearía dejar a mis acompañantes y perderme solo entre estos muros, esperar a la tarde y contemplar desde algún lugar el atardecer, que desde aquí debe de ser único. Pero no, mejor seguir acompañado, hay lugares donde la soledad, por muy buscada que sea, pesa tanto que acaba por imponer la tristeza de echar de menos a alguien.

Algunos obreros trabajan restaurando ciertas partes de la fortaleza con troneras y cañones. La Junta de Andalucía, igual que está adecentando varias calles de la medina, está financiando aquí algunas mejoras estructurales. Desde este lado, puede contemplarse en toda su extensión el viejo cementerio musulmán y también el judío, con numerosos mausoleos y lápidas. Gozalbes escribió que en uno de aquellos mausoleos estaba enterrado Al Mandari, cerca de la fortaleza que él mismo ordenó construir.

Al otro lado, la fortaleza tiene, casi tocándose con sus muros, numerosas viviendas y en sus terrazas pueden verse toda clase de objetos, cachivaches que un día sirvieron para algo y se guardan por si pudieran reutilizarse. “Estos tetuaníes no tiran nada –pienso-, me recuerdan a mi madre. Que digo a mi madre, a mí mismo”. Ya en el interior de la fortaleza, el mundo rural está casi testimonialmente representado: se ven gallinas picoteando de un lugar a otro; una mujer ha salido del edificio que parece mejor conservado y se ha puesto a tender ropa en un tendedero, junto a unos pinos. He recordado el pinar cercano al Coliseo en Roma, el de un parque en Marsella –cuyo nombre no recuerdo- también junto a una muralla, el extenso de Barbate alrededor de la torre del Tajo... En todo el ámbito mediterráneo conviven los pinos con los monumentos. Es una combinación de naturaleza e historia que me fascina. Después de todo implican dos grandes aficiones que me gusta cultivar. Y por un momento me he sentido como en mi propia tierra. O mejor, como si esta tierra fuese la mía, la del mundo.

Tras regalarme otras horas para pasear por la ciudad, al fin salgo de Tetuán. Lo hago con una fundada sensación de haber aprovechado el tiempo y de que conservaría durante días el gusto de este inesperado placer. Y esto a pesar de haberme cruzado con otro gato negro nada más abandonar el hotel Atenas.

En Europa, en el siglo XIV, los fanáticos de la religión católica decidieron acabar con los gatos, pues consideraron que eran instrumentos de satán, animales diabólicos. Miles y miles de gatos fueron crucificados, quemados, empalados, desollados vivos…un exterminio en toda regla. Inmediatamente, las ratas, ya sin sus peores enemigos, hallaron campo libre para reproducirse por millones. Y la peste negra, de la cual fueron transmisoras, acabó con la vida de más de treinta millones de personas.

Cuando en Barbate, allá por los años 70, se derribaron las chabolas del barrio del Zapal, tan elevado era el número de los mininos viviendo allí, que cierto periodista avezado dijo  que con aquel barrio desaparecía la última reserva gatuna de toda Europa. En realidad, lo que tal vez hicieron los gatos fue dispersarse por todo el pueblo. Lo cierto es que puede que la mayor reserva gatuna de toda África esté ahora mismo en Tetuán.

 

CHEFCHAOWEN (mediados de julio de 2016)

 El gran zoco

 Hossain, un chófer con un viejo Ford, bajito, calvo y con dos dientes más que el “Risitas”, me ha llevado desde Ceuta hasta Chefchaowen, no sin antes detenerse en Tetuán para dejar unas garrafas de agua a cierto amigo al que le debía dinero.

Hasta Tetuán, la autopista lo hace buen conductor, después de todo son dos carriles y apenas coches (la mayoría esquiva el euro que cuesta atravesarla). Desde aquí a Chefchaowen la cosa cambia. Dista solo cuarenta y poco kilómetros pero, aunque la están desdoblando, la carretera es pésima, y se hace un mundo. No sólo por las curvas y el calor, sino porque Hossain, como muchos de los conductores del país, no soporta conducir más de cinco minutos detrás de un vehículo lento, pegándose completamente a ellos, y frenando a última hora, hasta el punto que no sé cómo no nos hemos tragado el maletero del alguno. Luego, cuando atravesábamos Tetuán, he descubierto que para Hossain la palabra “peatón” es de género femenino. Nada más se detiene en los pasos de cebra ante las mujeres, ignorando al resto de la humanidad.

Al final, hemos tardado más de dos horas en llegar. En Chefchaowen me espera Sayyid, el hombre que me ha alquilado la habitación. Lo he llamado nada más llegar a la ciudad, y me ha dicho que estaba frente al Hotel Parador.

Delgado, con bigote, no muy alto y –cosa extraña por aquí- poco hablador, de camino a mi hospedaje hemos pasado entre infinitos niños que juegan en las calles. Por todas partes nos inunda una luz azul, la magia de una ciudad que es una obra de arte en sí misma, merced según dicen algunos a inmigrantes judíos y otros a la necesidad de espantar los mosquitos. Si es así funciona, pues no vi ninguno. Sayyid se detiene en una casa que está cuidando. Subimos hasta la azotea. La televisión está encendida. Pensé que había gente o que se le había olvidado apagarla antes. Pero no, la tiene encendida para ahuyentar a los gatos. Padece un verdadero problema con ellos, tan numerosos o más que en Tetuán. Su vecina, justo en la azotea pegada a la suya cuida cinco o seis gallinas. Cuando hemos subido, salía a darles de comer. Hemos observado cómo acudían los gatos, aunque sin atreverse a bajar, quedándose en el pretil a la espera para comer también ellos. Son esos mismos gatos los que luego pasan a la azotea de Sayyid y entran en la casa que, debido al calor, deja abierta por todos lados, y que invariablemente los mininos siembran de restos de su estancia.

Luego, Sayyid me ha llevado a la habitación que he alquilado. Puedo escoger entre varias de un edificio de tres plantas. Me ha sugerido que elija siempre una habitación de en medio. Las de arriba no por el calor, las de abajo no por el ruido de la calle. Pero lo cierto es que, después de seguir su consejo e instalarme en una de en medio, no podía pegar ojo, ni por el calor ni por el ruido. Aquí los niños juegan en la calle a todas horas, se les ve alegres, poco agresivos y muy respetuosos con todo lo que les rodea.

Las calles son estrechas, la mayoría empinadas, en muchas hay escaleras y –cosa harto curiosa- algunas ensombrecidas por parras que en este mes de julio están mostrando ya el fruto.

Sayyid, después de ciertas preguntas personales de rigor, me ha invitado a comer cuscús el viernes en su casa, con toda su gente. Dice que va una mujer guapa, por si me interesa conocerla. Le he dicho que paso, y se ha reído. Se ve que aquí en Marruecos un hombre soltero es un elemento extraño al medio, no sé si decir sospechoso, pero por lo menos desubicado, algo así como un pingüino en el desierto; a la primera de cambio parece que todo el mundo contribuye para devolver las cosas a su estado natural.

El jueves por la mañana he bajado temprano a desayunar en la plaza Outa Hamam. Estaba sentado comiendo una tostada acompañada de un zumo de naranja cuando he visto cruzar por delante a una chica muy atractiva, de veintitantos años, iba acompañada de una anciana que agarraba su brazo para apoyarse, igual podía ser su abuela.

Aquí, como en Tetuán, no son las mujeres especialmente guapas. La mayoría apenas pasa del 1,60 de estatura, delgadas como los hombres, rara vez se ve alguna con kilos demás, y no usan tacones. Pero esta es más alta de lo habitual -rondará el 1,70-, y también más guapa de lo habitual. Lleva un hiyab anaranjado, una blusa azul estampada y pantalones beige ajustados. Anda como si fuese espantando a un lado y otro las miradas de los hombres que invariablemente se le quedan mirando.

Ha pasado junto a mi mesa, los dos camareros del restaurante han salido a observarla con educado disimulo. Escena singular, con la alcazaba y una mezquita de fondo, conformando una visión estética y ética que se habrá repetido durante siglos.

Tras desayunar me he levantado y he salido a callejear. En Chefchaowen, pronto habrá más bancos que mezquitas. Los negocios están a cada paso, son simples puestos donde se vende casi cualquier cosa: chilabas, aceites, tintes, pieles, bolsos, alfombras, mantas, bisutería, cuadros… Inundan todas las calles del casco antiguo, pero el reguero de tiendas y puestos principal arranca desde la misma plaza de Outa Hamam, más concretamente en la calle Saida Alhorra –la vejeriega-, atraviesa la avenida Hassan II, baja por la avenida Zerktouni y luego continua hasta no sé dónde porque no acabé el recorrido entero, de increíblemente largo que se me hizo. Supongo que era día de mercado, porque las guías oficiales circunscriben el zoco a la medina vieja, que desde luego está repleta de tiendas. Aquí todo el mundo vende algo, y si no lo hace, es porque será funcionario. Algunas de esas tiendas son propiedad de extranjeros, franceses, españoles, alemanes…, quienes seguramente posean casa en la medina, como muchos de sus compatriotas que se han instalado por amor al casco histórico.

El viernes por la mañana me voy a la cascada de Ras al Maa. Es un lugar que en gran parte ha restaurado la Junta de Andalucía. Hay mucha gente allí. Algunos niños se bañan en el río, la mayoría de la gente pasea, y los menos suben a la mezquita de los Andalusíes. Aunque hacía calor, yo también he subido. La panorámica desde arriba es excelente. Mientras bajaba, me ha llegado un olor a sardinas asadas. Lo he seguido hasta encontrar a un hombre que las estaba preparando en una improvisada barbacoa. Naturalmente, las vendía, y como no me fio de que me vaya a convencer el cuscús de Sayyid -ni puedo negar que soy de Barbate-, le he pedido tres sardinas y allí mismo, en un pretil, me las he zampado con un zumo de naranja.

 

Sayyid, el casamentero

 A eso de las 14:30 horas, cuando voy a la casa de Sayyid para almozar, nada más entrar, me encuentro a mi amigo sentado con su hijita pequeña en un gran sofá semicircular que rodea a una preciosa y modesta mesa de madera. Me invita a quitarme los zapatos y dejarlos en la puerta, y luego me presenta a su mujer, que es joven y guapa, y que entra con una jarra de te verde. Oigo, en la habitación de al lado, chicas conversando y riéndose. Luego una mujer mayor sale desde esa habitación hacia el salón donde estamos. Creo reconocerla. Es la anciana que vi el día anterior paseando con la joven atractiva. Luego aparecen las otras féminas. La primera que lo hace es la misma que acompañaba a la anciana. Definitivamente, Chaowen no es tan grande. Sayyid me la presenta. Se llama Amina, es hermana de padre de su mujer. Me dice que está aquí de vacaciones, pues vive en Fez. Ella me estrecha la mano –aquí las mujeres nunca dan dos besos para esto-, la tiene algo fría, a pesar de que hace calor. Ahora cubre su cabeza un hiyab azul Prusia. Luego pasa una amiga de Amina, también con hiyab, y vestida con un pijama, de cara risueña y cejas rubias, parece divertirse con la escena, a la que no puede estar habituada, de un español invitado a comer cuscús; luego me presenta a una hermana de Amina, se le parece mucho, pero usa gafas, y no tendrá más de catorce años; finalmente, pasa una mujer de unos cincuenta años, viste a lo occidental, se llama Leila, ignoro su relación con las otras, y tampoco Sayyid ha especificado su vínculo con la familia. Indudablemente, el muy cabronazo ha invitado a esta mujer para que yo la conozca.

Me han entrado ganas de pedirle a mi anfitrión un “taper”, rogarle que lo llene con el cuscús y salir a espetaperros de allí. Pero nada, hay que conformarse. Solo me queda la esperanza de que ella albergue los mismos deseos que yo, y ni siquiera me mire a la cara. Una esperanza que se ha ido esfumando conforme transcurría el almuerzo. La mujer me miraba y sonreía de cuando en cuando, dejando claro el oscuro porvenir que tiene por aquí la carrera de odontología.

Estaba en estas cuitas y metido ya en faena con el cuscús, cuando noto los ojos de Amina atentos a mis gestos y a lo que decía, parecía querer evidenciar su interés por mi. Habla un poco español, y lo entiende mejor. Y así se ha llevado todo el almuerzo. No sé si es curiosidad o ganas de coquetear. No recuerdo que bloguera ha escrito que hoy en día, por vez primera en la historia, un hombre y una mujer se miran fijamente a los ojos y no se están queriendo decir nada. Puede que sea así, y estemos abocados a una nueva generación de hombres y mujeres sin sentimientos; o sin las suficientes agallas para arriesgar nada. Por el miedo a caer de nuevo, ninguno se atreve a levantarse. Pero claro, a lo mejor en Marruecos la cosa es un pelín distinta.

Leila se ha dado cuenta de cómo Amina y yo nos mirábamos, y se ha puesto a contarme con aspavientos no sé que vieja historia de Fez. Entonces ha sido cuando me he puesto nervioso de verdad. He pensado que como se le ocurra coger una cucharada de cuscús para metérmela en la boca, o cualquier otra cosa que tengan por costumbre en estas tierras para engarlitar a un hombre, me doy el piro sin más formalismos. Afortunadamente, debió leerme el pensamiento, porque no ha pasado a mayores, supongo que por atenerse al decoro acostumbrado y porque he cortado la conversación sacando a la palestra un bizcocho que había comprado en la plaza Hamam para los postres y el té. Aún así, he respirado hondo cuando por fin se ha acabado el almuerzo y he salido con Sayyid a la calle.

 

-       Entonces…-me ha dicho mi anfitrión nada más bajar al portal y cortando en seco mi agradecimiento por su invitación- ¿qué te ha parecido la chica?

-       Ya te dije, Sayyid, que no estoy por la labor. Además, yo no la llamaría a estas alturas “chica”.

-       No me digas que no te ha parecido guapa…

-       Si estuviese buscando una mujer no lo haría así, Sayyid, pero para que te quedes tranquilo, te diré que no, que no me ha parecido tan guapa.

-       Lo sabía –me ha replicado abriendo los ojos como si acabase de encontrar una llave perdida-. De haberte gustado, no pondrías tantas pegas.

-       Que no, hombre, que las mismas…

-       Que sepas que eres el primer hombre que conozco al que no le gusta Amina.

-       ¿Amina? ¿No se llamaba Leila?

-       ¿Leila?

 

Se ha echado a reír como un descosido. Parecía que se hubiese tragado a Milikito.

 

-       No, Antonio, no era esa. Te quería presentar a Amina, la joven. Somos amigos, ¿no?, pero…, ¿qué te creías?

-       Bueno, me da igual. Además, yo podría ser su padre…

 

Me ha echado el brazo por encima del hombro.

 

-       Antonio, amigo, tú no eres su padre, seguro. Porque su padre es mi suegro.

 

Ahora entiendo esa foto en la azotea en grupo tras los postres, el selfy, y dame tu número para mandártela por wahssup, truco de colegiales. Se supone que aquí, ante mujeres guapas, uno va a hacer el tonto como lo hace en España. Pero no, lo hace de otra manera distinta.

Por la tarde, he subido con mi amigo de nuevo hasta la mezquita de los Andalusíes. La vista al atardecer se va haciendo más impresionante conforme se encienden las luces de la ciudad. Estábamos arriba ambos en silencio, totalmente absorbidos con la panorámica, cuando Amina ha llamado a Sayyid. Enseguida hemos bajado hasta una  heladería que está en la parte nueva. La chica se ha encargado de recordarme que es ella quien me ha pagado el combinado de nata y chocolate que me he comido y que sabe menos dulce, más natural, que en España. Luego se ha empeñado en que yo aprenda a pronunciar algo así como “waja”, que significa “salud”, y que no acierto a vocalizar correctamente, según la risa desaprobatoria que le entra cada vez que me lo escucha decir y que deja traslucir que también es persona de carácter. Mientras, Sayyid y su señora nos observaban entre risitas de irónica satisfacción, sin duda convencidos de que están ante el nacimiento de un futuro enlace.

Ignoraban que en verdad yo no me encontraba a gusto. Amina puede que tenga todo lo que un hombre desea en una mujer, pero me siento como un trofeo de guerra. Por un momento, me asaltan sensaciones que han debido de inquietar a muchas mujeres a través de los siglos. Y aún peor. No puedo entender qué clase de desesperación lleva a una mujer a obviar sin más el hecho de que la mayoría de los hombres nos enamoramos mucho y amamos poco. Dudo a qué atenerme, si el papel de conquistador nunca fue el mío, el de conquistado me resulta aún más incómodo.  

A todo esto viene a unirse como una aguda impresión de lo contradictorio que debe provenir de mi mentalidad de historiador. España persiguió y expulsó a los moriscos. Muchos de ellos vinieron hasta Tetuán, Chefchaowen, Fez…La historia de Marruecos, como dice Gozalbes, no se puede entender sin la historia de estos españoles desterrados, ni sin la historia de España. Siglos después llegó aquella colonización que no se había emprendido en los años del Imperio. Cuántas veces hemos machacado a esta gente, y aún así, una chica que probablemente tenga el mismo origen que yo pero cuyos antepasados pasaron lo indecible por culpa de una canallada, tal vez desea que un español la devuelva al “paraíso” del que fue expulsada su familia. ¿Por qué creen que ahora somos tan distintos a los españoles cristianos de entonces? ¿Acaso han podido liberarse de esa propensión natural en cualquier parte del mundo a aceptar indefinidamente las generalizaciones históricas?.

Llevaba la cámara, por un momento he ignorado a Amina y me he detenido al pasar por una bocacalle, dejando al grupo seguir, que me ha esperado diez metros más adelante. Al hacer una foto a un hombre con chilaba que subía una escalera, he tenido la extraña sensación de que me estaba fotografiando a mi mismo; porque tal vez vagué mucho tiempo por estas calles, porque lo hago ahora, y porque seguramente lo haga dentro de 30 años.

 

 

 

 

 

 

 



[1] El tema ha sido tratado antes en nuestra comarca por MORILLO CRESPO: Vejer de la Frontera y su comarca. Aportaciones a su historia. Diputación Provincial. Cádiz (1975): 122-123; también por MUÑOZ RODRÍGUEZ, A.: Vejer. Ed.: Diputación Provincial de Cádiz (1996); en este artículo me ciño al trabajo que ambos historiadores usaron como fuente, obra de GOZALBES BUSTO, G.: Huellas vejeriegas en el norte de Marruecos. Estudios de Historia y Arqueología Medievales, Cádiz, II (1982): 61-70, quien a su vez se sirve fundamentalmente de dos fuentes bibliográficas portuguesas: la Crónica del Rei D. Manuel, de Damiao de Goes; y los Anais de Arzila, de Bernardo Rodrigues.

[2] Gozalbes Busto, G.: Huellas vejeriegas en el norte de Marruecos. Biblioteca Española de Tetuán. Pág. 63.

[3] http://www.Chefchaouwen.info/index.php?pag=1_2-3

[4] http://www.Chefchaouwen.info/index.php?pag=1_2-3

[5] Gozalbes Busto, G.: Huellas vejeriegas en el norte de Marruecos. Biblioteca Española de Tetuán. Pág. 65.

[6] Gozalbes Busto, G.: Huellas vejeriegas en el norte de Marruecos. Biblioteca Española de Tetuán. Págs. 66-67.

[7] Cestino, Joaquín: El Estrecho. Treinta siglos de historia en Gibraltar, Tánger, Tarifa, Ceuta y Algeciras. Ed. Arguval. Málaga, 2004. Pág. 234.

[8] Sánchez Saus, R.: Tarifa, el Estrecho y los Almirantes de Castilla (1394-1478). En “Tarifa en la Edad Media”. Ed. Manuel González Jiménez. Ayuntamiento de Tarifa (Cádiz) 2005. Pág. 224; Ruiz de Cuevas, T.: Apuntes para la Historia de Tetuán. Ed.: IMNASA. Madrid, 1973 (1ª ed. 1951). Pág. 18.

[9] Contreras, Alonso de: Derrotero Universal del Mediterráneo. Manuscrito del siglo XVII. Ed. Algazara. Málaga (1996). Pág. 175.

[10] León el Africano: Descripción de África. Ed. Hijos de Muley Rubio, S.L. Madrid (1999). Pág. 165. León dice que se despobló durante casi 95 años, aunque si tomamos como referencia la fecha de la conquista de Ceuta por los portugueses (1415), no parece que tal despoblación llegara a los 80 años.

[11] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993.

[12] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Pág. 169  y ss.

[13] Cánovas del Castillo, A.: Apuntes para la Historia de Marruecos. Ed. Algazara. Málaga, 1991. Pág. 92.

[14] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Pág. 84

[15] Ruiz de Cuevas, T.: Apuntes para la Historia de Tetuán. Ed.: IMNASA. Madrid, 1973 (1ª ed. 1951). Pág. 20.

[16] Enciclopedia Espasa- Calpe. Término “Tetuán”. El mismo León el Africano era uno de los expulsados después de la toma de Granada en 1492: León el Africano: Descripción de África y de las cosas notables que en ella se encuentran. Traducción y edición crítica de Luciano Rubio. Ed. Hijos de Muley Rubio S.L.. Madrid, 1999. Introducción; el mismo rey Boabdil se trasladó con toda su familia y corte a Fez.

[17] López de Coca, J.E.: Consideraciones sobre la frontera marítima. Actas del Congreso “La Frontera Oriental Nazarí como Sujeto Histórico (Siglos XIII-XVI)”. Almería (1997). Pág. 402.

[18] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 236.

[19] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 184.

[20] Cifra estimada hacia 1540. Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Granada, 1992. Pág. 208.

[21] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 47.

[22] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Págs. 83 y 84.

[23] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 47 y 48.

[24] Aragón Fernández, A.: Asaltos de Piratas Berberiscos al Litoral Gaditano de La Janda. Tarifa, 2009. Pág. 183 y ss.

[25] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Pág. 113.

[26] Cervantes: D. Quijote de la Mancha. Parte I. Cap. XLI.

[27] Cervantes:  La Ilustre Fregona. Ed. Carrogio, S.A. Barcelona, 1988. Pág. 242.

[28] Gozalbes Busto, G.: Huellas vejeriegas en el norte de Marruecos. Biblioteca Española de Tetuán. Pág. 69.

[29] Ibid.

[30] Cánovas del Castillo, A.: Apuntes para la Historia de Marruecos. Ed.: Algazara. Málaga (1991). Pág. 92.

[31] León el Africano: Descripción de África…Pág. 165.

[32] Gozalbes Busto, G.: Las mazmorras de Tetuán (Contribución al estudio de la Historia de Marruecos). Estudios de Historia y de Arqueología Medievales. Volumen 3-4. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1984. Págs. 247-248; Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 150.

[33] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Pág. 167.

[34] Para una aproximación a todo este juego de equilibrios: Alonso Acero, B.: Alonso Acero, B.: Sultanes de Berbería en tierras de la cristiandad. Ed.: Bellaterra. Barcelona, 2006.

[35] Diego de Torres: Relación del origen y suceso de los xarifes y del estado de los reinos de Marruecos, Fez y Tarudante. Edición, estudio, índices y notas de Mercedes García Arenal. Ed.: Siglo XXI. Madrid, 1980. Pág. 6.

[36] Alonso Acero, B.: Sultanes de Berbería en tierras de la cristiandad. Ed.: Bellaterra. Barcelona, 2006. Pág. 67.

[37] Aragón Fernández, A.: Asaltos de Piratas Berberiscos al Litoral Gaditano de La Janda. Tarifa, 2009. Pág. 133 y ss.

[38] Sancho de Sopranis, H.: Cádiz y la piratería turco-berberisca en el siglo XVI…Pág. 40.

[39] Cánovas del Castillo, A.: Apuntes para la Historia de Marruecos…Pág. 93; Contreras, Alonso de: Derrotero Universal del Mediterráneo…Pág. 175.

[40] Ruiz de Cuevas, T.: Apuntes para la Historia de Tetuán. Ed.: IMNASA. Madrid, 1973 (1ª ed. 1951). Pág. 22 (N.A.)

[41] La amistad de los marroquíes con los turcos la atribuye Cánovas al desprecio por la misma de portugueses y castellanos o, más concretamente, a que Abdelmelic, el Moluco, se hartó de esperar del rey español auxilios para ocupar el trono, con lo que “se acogió al amparo de los turcos, y hallóse con ellos en varias batallas navales, y en la toma de la Goleta a los españoles” ( Cánovas del Castillo, A.: Apuntes para la Historia de Marruecos…Pág. 93 y ss). Según  esto, dicha amistad dataría de una fecha próxima a 1570. Pero ya sabemos que viene de antes, pues los turcos estuvieron desde la tercera década del siglo presentes en algunos puertos corsarios marroquíes.  

[42] Feijoo, R.: La ruta de los corsarios. Ed.: Laerte, S.A. Barcelona (2000). Tomo II, págs. 118-120.

[43] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 32.

[44] Gosse, F.: Historia de la Piratería. Ed.: Espasa Calpe, S.A. Madrid (1935). Pág. 142.

[45] Vide, p.e., Cánovas del Castillo, A.: Apuntes para la Historia de Marruecos…Pág. 129, y en general todo el libro.

[46] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 52.

[47] Álvarez de Toledo y Maura, L.I.: La relación de Barbate con las almadrabas. Conferencia. Barbate, 1999.

[48] Gozalbes Busto, G.: Los moriscos en Marruecos. Ed.: E.G. Arte, Juberías & cía., S.A. Granada, 1992. Pág. 245.

[49] Azcárraga Bustamante, José Luis de: El corso marítimo (Concepto, Justificación e Historia). Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Instituto “Francisco de Vitoria”. Madrid, 1950. Pág.  256.

[50] Real Despacho para el duque de Sessa, Capitán General del Mar Océano y Costas de Andalucía, acerca del dictamen de Francisco de Velasco, conde de Fernán Núñez, y Diego de Mendoza Villalobos acerca de quemar las embarcaciones por el rey de Mequinez [Mequinenza] y otras operaciones de socorro de la costa y las plazas de soberanía españolas en el Magreb frente al corso berberisco. Sección Nobleza del Archivo Histórico Nacional. OSUNA, CT. 46, D.32. PARES, Portal de Archivos Españoles. Ministerio de Cultura.   

[51] Gozalbes Busto, G.: La República Andaluza de Rabat en el siglo XVII. Pág. 74.

[52] Ruiz de Cuevas, T.: Apuntes para la Historia de Tetuán. Madrid, 1973. Págs. 25 y 29.

[53] Op. Cit. 35 y ss.; Martínez de Velasco, A.; Sánchez Mantero, R. y  Montero, F.: Manual de Historia de España. Siglo XIX. Ed.: Historia 16. Madrid, 1990. Pág. 262 y ss.; Cestino, Joaquín: El Estrecho…Pág. 235.

[54] Gozalbes Busto, G.: Al Mandari, el Granadino, fundador de Tetuán. Granada, 1993. Pág. 193.

[55] Por simple discreción, algunos de los nombres usados no son los originales.

Alcazaba en Tetuán

Zoco en Tetuán

Río Martil, a los pies de Tetuán

Puerta de una mezquita en Tetuán

Desde lo más alto de la alcazaba tetuaní

Gato en la medina vieja de Tetuán