Adelanto un capítulo de mi próximo libro LA ILUSTRE PICARDÍA, en torno a la pesca del atún y los pícaros en la época de Miguel de Cervantes (entre los siglos XVI y XVII), libro que, como un sencillo retoño más de nuestra vieja tierra abonada de historias, espero que vea la luz esta primavera.

Aún faltan por perfilar ciertos matices y añadir algún que otro párrafo, aunque en lo esencial el capítulo va a sufrir pocas modificaciones. 

La bibliografía se incluirá en cuanto se imprima la edición

 

LAS “MALAS HEMBRAS” ENTRE LOS PÍCAROS

 

Las “malas hembras” -como las llamaba el padre León- o prostitutas formaban parte de aquella turba variopinta que se dirigía a Zahara en época de almadrabas. Habituales allí las relaciones humanas de todo género, no iban a faltar las mujeres de mundo donde abundaba tanto hombre, si bien su presencia sobre las soleadas arenas de la playa chocaba directamente con los preceptos éticos vigentes.

Aún así, no resultaba algo extraño para la época. Lo extraño, si se quiere, era la forma en la que había tomado carta de naturaleza en la compleja sociedad española.

Y es que, en la Edad Moderna, todo lo referente al sexo se hallaba, como cualquier faceta de la sociedad, bañado de un recio barniz religioso, considerándose gravísimo pecado la simple voluntad de buscar un gozo para el cuerpo fundado en el erotismo. La moral católica había determinado que el sexo no podía considerarse de ningún modo un fin en sí mismo, por ser  algo contra natura, sino simplemente un medio para obedecer el mandato bíblico de Crescite et multiplicamini  (Sacra Vulgata. Génesis 1:28) que facultaba al hombre para procrear. Y como desde la Edad Media existía una estrecha interrelación entre el orden espiritual (fuero interno) y el orden temporal (fuero externo), de manera que la legislación penal asumía gran parte de las posturas de la Iglesia en el ámbito moral, los legisladores acabaron imponiendo toda una pléyade de prohibiciones en torno a las relaciones humanas más íntimas.

La única unión carnal posible era la heterosexual, y siempre dentro del sacramento del matrimonio.

Con este punto de partida, la respuesta eclesiástica ante la prostitución fue abiertamente negativa y no varió mucho a lo largo de los años. Ahora bien, su traslación a la sociedad registró altibajos cuando menos singulares.  

Y es que, desde el siglo XIII y en toda Europa, se impuso en la sociedad una permisividad ostensible con respecto la prostitución en aras de evitar males mayores, puesto que la necesidad en sí misma era un hecho, y que los hombres y mujeres iban a intentar satisfacerla como fuese, tanto si existían leyes represivas como si estas se hallaban ausentes de los códigos, por “evitar mayores inconvenientes de amancebamientos, de solicitar mujeres recogidas, doncellas, casadas, parientas, de pecados nefandos…”. En definitiva, se conjugaba el deseo de una paz social con la necesidad de controlar todos los ámbitos de la sociedad desde la monarquía, los señoríos o los municipios. “Cerrad los burdeles –había escrito San Agustín- y la inmundicia lo llenará todo”.

Fue, por tanto, tolerada en el país más o menos abiertamente la prostitución, hasta el punto que el oficio reportó excelentes réditos a cabildos civiles y hasta a alguaciles y caballeros de la Santa Hermandad, sin que la justicia pusiera reparo alguno en los casos más extremos de connivencia con la criminalidad. No obstante, consecuencia de la doble moral practicada, las mancebías habían de ubicarse en una zona determinada de la ciudad y perfectamente tapiadas dentro de la población.

Las mujeres dedicadas a proporcionar placer a cambio de dinero serán conocidas de múltiples formas. A principios del siglo XVI se las llamará  “mujeres de amores”, luego “mujeres del partido”, “enamoriscadas”, etc., aunque finalmente se impondrá el término “ramera” por toda la geografía española, al parecer porque en la edad antigua se puso de moda poner una rama a la puerta de los prostíbulos. Tales mujeres las hubo en mesones, tabernas, casas de trato y ventas, ya fueran estantes o de paso, como las que aparecen en el capítulo segundo del Quijote, en la venta donde éste se arma caballero, tronchándose de risa porque el de la triste figura las llamaba doncellas, “cosa tan fuera de su profesión”.

Bajo el amparo y hasta el impulso real las mancebías o burdeles municipales -que fueron invento español- se extendieron en poco tiempo por todo occidente. En España arraigarán de tal forma que el inglés Cook llega a decir que muchos españoles, entrando en una ciudad, acuden a estos antros antes que a la iglesia a rezar. Normalmente, las mancebías eran arrendadas por los cabildos a particulares, quienes pagaban lo estipulado y habían de aplicar unas ordenanzas municipales que regulaban la vida en ellas; en algunos casos, como en el Ducado de Medina Sidonia, la percepción de beneficios y la propiedad de la mancebía eran un privilegio que la realeza había concedido al señor del territorio.

A lo largo y ancho del país, en cualquier lugar donde se congregaba mucha gente y de variada procedencia, la moralidad se interrumpía y a duras penas se recuperaba. Y la prostitución, unas veces más descarada que otras, pero siempre abundante, era también parte de esa relajación moral, espoleada por la pura necesidad económica o por la simple supervivencia que afectaba a los núcleos de población españoles. Resultaba obvio que había encontrado un sello de legitimidad en el orden civil, y uno de piadosa comprensión en el religioso. Pero esto no quiere decir que la Iglesia española hubiese cambiado de opinión con respecto a lo que secularmente venía manteniendo desde los tiempos de San Isidoro. En la doctrina eclesiástica seguía siendo un pecado mortal obtener sexo a cambio de dinero. Y en una sociedad como la hispana, donde todo pecado era también un delito, sólo faltaba encender una mecha para que buena parte de la población se sintiese amenazada.

Esta es, a grandes rasgos, la historia de la prostitución en el arranque de la modernidad. Veamos cómo estaban instalados burdeles y prostitutas en nuestra comarca en aquella época.

 LAS MANCEBÍAS DE LA JANDA

 A semejanza de Madrid, ninguna ciudad que se preciara, ni aún aldea de consideración, dejaba de albergar una mancebía concejil, bajo cuyo techo venían a parar numerosos hombres. Siempre, en teoría, que no estuviesen casados, pues el adulterio, como ya dijimos, estaba duramente penado.

Pero no sólo la trata se circunscribió a las casas públicas. Es bastante probable que ni siquiera entre sus paredes se hallasen la mayor parte de las meretrices.  Existieron prostitutas que ejercieron su oficio de muchas maneras. Una de ellas estribó en no hacer residencia en un lugar fijo. Son las que podríamos denominar itinerantes, las cuales iban de un sitio a otro buscando asentarse por un tiempo donde mayor rentabilidad pudiesen sacar a su cuerpo, y que en la época eran conocidas como “rameras”, “cantoneras” o “busconas”.

Como se ha referido, las mancebías fueron una creación de los cabildos. Pero, en la Edad Moderna, el negocio se hizo tan lucrativo que, junto a las mancebías municipales, existieron igualmente burdeles particulares, algunos de ellos propiedad de algunas de las principales familias de la nobleza.

En la zona de La Janda, el de Alcalá de los Gazules era propiedad del Marqués de Tarifa, y los de Medina Sidonia y Vejer del duque de Medina Sidonia.

La más importante del lugar era la de Medina Sidonia, la cual a principios del siglo XVI rentaba anualmente entre 15.000 y 20.000 maravedíes. Arrendada, como era lo más corriente, a un particular, se ubicaba junto a una de las puertas de la ciudad y se encontraba aislada del resto –cosa también habitual- por medio de unas tapias. De acuerdo con el administrador del Duque, el Concejo se encargaba de mantener en perfectas condiciones la mancebía, retribuyendo a un cirujano que periódicamente giraba visita para reconocer el estado de salud de las mujeres, y correspondiendo al mismo Duque el cuidado del buen estado de los edificios. Dicen Moreno y Vázquez que debía componerse el conjunto de la mancebía de unas cuatro o cinco casas, las cuales hacia 1575 se ampliaron, “lo que nos hace barruntar el auge que el negocio había ido tomando durante la segunda mitad del siglo XVI, época de crecimiento demográfico y, por ello, de la demanda local de sexo mercantil”. En tal aumento del negocio debemos ver la causa que explica la aparición en la ciudad de una competencia desleal en la zona llamada Fuente Vieja, inmediatamente reprimida por los regidores.

Como decíamos, en Vejer también existía otro burdel municipal. De dimensiones más reducidas que el de Medina, en razón de la rentabilidad que proporcionaba a principios del siglo XVI: entre 6.000 y 13.000 maravedíes anuales. Hemos de suponer que también se hallaba arrendado por un particular y que en la segunda mitad de ese siglo registró un aumento de su actividad, a juzgar por la analogía existente con Medina en su crecimiento demográfico.

También en  Conil  hubo ramería,  la cual sería más adelante arrendada y regentada por un maestro de hacer órganos, Isaac de Amberes. Y como el Duque no dejó de instalar burdeles en las ciudades de su señorío, del mismo modo quiso ponerlo en Jimena, fracasando por deserción de las meretrices.

Como todo lo que había en la almadraba, las prostitutas gozaban de la protección del Duque. Buen conocedor de las inquietudes de la mancebía, en cuyo seno se había refugiado por huir de un amor imposible, el VII Duque se mostró generoso con ellas. La casa ducal podía presumir de tradición en este particular. Parece ser que los Guzmanes solían hacerse cargo de los hijos tenidos por las prostitutas de en temporadas de pesca tanto en Zahara como en Conil (al igual que en todo el estado ducal) admitiendo a los varones como soldados en sus mesnadas particulares.

Y es que más allá del Duque, estas mujeres disponían de pocos apoyos en su vida. No estaba penado el hecho de raptarlas y violarlas, no podían reclamar ante ninguna justicia el pago de un servicio dejado de abonar por un cliente y, además, eran las únicas mujeres que podían ser encarceladas por deudas.

También la cura del mal de bubas o serpentino, nombre por el que era conocida la sífilis, era costeada por la Condesa. No debía ser poco el gasto, a juzgar por la poca higiene que había en la época y que conllevaba una extensión de la enfermedad, si bien parece que los éxitos terapéuticos a partir del guayaco o palo santo llevaron con el tiempo a perderle el respeto a la enfermedad.

En Sanlúcar, la Casa pagaba las camas que ocupaban las prostitutas los 9 o 10 días que en Semana Santa tenían prohibido ejercer. Las pérdidas del mesonero en estos días se restaban de la renta con la que contribuía a la casa.

Igualmente, es de suponer que en las almadrabas el Duque proyectara otras consideraciones similares a las que demostraban con las prostitutas de Sanlúcar, donde

“…liquidaban las deudas contraídas por las `pecadoras´, que `yo mande casar´, por salvar su alma, remitiendo a las retiradas al convento de las `Recogidas´ de Sevilla, provistas de sayal y pasaje, siendo frecuente que al imponerse renovación del género, embarcasen por `barcadas´. De encontrar marido, probando que estaban casadas y veladas, recibían 20 ducados en concepto de dote”.

Los duques no se limitaron favorecer el trabajo de aquellas mujeres como parte de sus intereses mercantiles o ayudarlas a sobrellevar las consecuencias de su trabajo. También, en el sentido opuesto, ejercieron una labor disuasoria. Y es que tanto la nobleza como la burguesía, junto a otras obras pías, acudieron a “rescatar a las mujeres de mal vivir”. La invitación a los jesuitas a mediados del siglo XVI para que acudiesen a las almadrabas, hay que contemplarla dentro de las medidas reformistas de Trento y la nueva mentalidad que se estaba fraguando contraria a la prostitución. 

LAS MERETRICES EN LAS PLAYAS

Dado el pudor de los testimonios y los escasos datos oficiales de que disponemos, resulta complicado determinar el origen exacto de estas mujeres que encontramos en la almadraba de Zahara. Es bastante probable que la mayor parte de ellas –al igual que los pícaros- procedan de Sevilla, ciudad muy nutrida de prostitutas, dado su carácter portuario por aquel entonces y su abultada población. De hecho, un documento de la época cifra en tresmil las que hay en la ciudad, buena parte de ellas enriqueciendo a la catedral hispalense, afirmándose también que, junto a las casas de juegos, la prostitución era responsable de las pendencias, muertes y alborotos que ocurrían en sus calles.

En Sevilla, andaban las prostitutas mezcladas con rufianes y delincuentes de todo tipo, hasta el punto que se colaban en la principal cárcel de la ciudad para pasar algunas horas con sus compañeros. Y como muchos de estos gañanes trabajaron en la pesquería, algunas de ellas bajaron acompañándolos, siendo utilizadas por estos hombres que indudablemente habían de trabajar como proxenetas, a semejanza de lo que hacían en la propia ciudad. 

Tal supuesto parece confirmarlo el padre jesuita Juan de Santivañez, quien escribió a propósito de los pícaros que llegaban a la almadraba de Zahara, la mayor parte procedentes de la urbe hispalense, que "estos traen consigo mugercillas infames".

Una buena parte de estas mujeres no solo se dedicaba a la prostitución. Muchas podían ser hechiceras, alcahuetas o ladronas. El Padre León, cuando visita la cárcel de mujeres de Sevilla, reconoce algunas a las que ya ha predicado en las casas públicas:

“Suele haber en esta cárcel [la de Sevilla] mujeres hechiceras y alcahuetas famosas, y las unas y las otras suelen echar suerte con habas negras y blancas, y embaucar a los mismos diablos haciéndoles creyentes que fulana los quiere bien y se desperece por él y que fulano ha de alcanzar a la otra y otras cosas a este tono”.

 Y se daban tanta maña en embaucar a ingenuos y menos ingenuos, como aquella con la que el mismo padre León descubrió los límites de su poder de convicción, la cual poseía tan “buen pico” que “enlabiara al mismo Diablo del infierno”, hasta el punto que, a no ser en misiones o al pie del patíbulo, el pobre hombre no quiso ya tratar con ninguna mujer, ni buena ni mala.

También Cervantes, aunque con un tono más conciliador, concede un papel de primer orden a aquellas mujeres de la vida sevillanas, a veces conchabadas con los rufianes. De hecho, una de ellas, Juliana Cariharta, en la novela de Rinconete y Cortadillo, está emparejada con su chulo, quien la maltrata y le saca las ganancias, a pesar de lo cual ella no deja de quererlo.

Sin olvidar lo referido con respecto a Sevilla, tampoco hay que descartar como lugar de procedencia a Cádiz, Chiclana a Sanlúcar de Barrameda, capital del ducado, con nada menos que doce mancebías y una renta a principios del XVI por este concepto de 45.000 maravedíes. “En tiempo del VI Duque, las rameras titulares de Sanlúcar ocupaban conjunto formado por 12 “casas” independientes, que Ana de Aragón concentró en un solo edificio, al que sumó su nuera la Condesa tres pabellones de madera”.

Desde luego es indudable que alguna que otra de estas mujeres fuera residente de la zona de La Janda, pues, como decíamos más arriba existían mancebías tanto en Vejer, como en Medina Sidonia, y parece lógico que en época de almadraba bajasen a las playas ante la posibilidad de rentabilizar su trabajo por encima del resto del año.

Pero la aparición de prostitutas locales en Zahara, no sólo pudo deberse a la aportación de las mancebías señoriales pues, como hemos visto en Medina, las había que trabajaban fuera de estas casas. Además, sabemos que muchas esclavas ejercían el oficio en vistas a reunir caudal suficiente para conseguir su propia libertad.

Lo cierto es que en la almadraba se reunían cada año un número indeterminado de meretrices, despectivamente llamadas por las crónicas“busconas”, distinguibles por sus mantillas amarillas (azafranadas), dispuestas a ofrecerse a los numerosos pícaros, a los soldados, a los mercaderes, a los marineros que allí se concentraban siempre propensos a gastar el jornal diario en mujeres, comida y juegos. Los duques no sólo hacían la vista gorda, sino que, a semejanza de los ejércitos –y hombres de ejército ellos mismos como nobles que eran-, donde se regulaba por ordenanza la presencia de mujeres pública tanto en tropas terrestres como en las embarcadas, procuraron tener surtida las almadrabas con los servicios sexuales necesarios, pues en este particular y en otros radicaban sus ganancias. Gracias a tal consideración, las meretrices pudieron sentar sus reales en las almadrabas cada temporada.

Se instalaron en carrozas en la misma playa, es de suponer que en algún lugar previamente estipulado, y siempre bajo la atenta mirada de la guardia del duque, pues éste podía ser un foco importante de pendencias. También se levantaron chozas para ejercer el oficio o “enramadas”, tal como se estiló en Sevilla junto a los arrabales de su puerto.

Igualmente, es más que probable que ofreciesen su servicio en el mesón zahareño. Como hemos indicado más arriba, los mesones eran lugares en los que solían ofrecer sus servicios, tal y como ocurría en Sanlúcar en un mesón arrendado por el Duque.

En Zahara, el llamado Mesón del Sol se abrió alrededor del año 1554. En principio, fue un negocio de temporada arrendado también por el Duque a un particular. En 1601, se arrienda ya por todo el año por 36.652 maravedíes.

Tal y como ocurría en Sanlúcar, de haber mujeres ofreciendo sus servicios en el mesón, habían de estar bajo la tutela del mesonero, quien facilitaría camas a cambio de una parte de las ganancias. Consta que en Sanlúcar acabaron endeudándose con el mesonero, pues conforme envejecían los clientes iban menguando y el gasto era el mismo, por lo que en la practicaba adquirían una situación de semiesclavitud con respecto al regente del negocio.

Lo cierto es que, en sí mismo y fuese en un lugar u otro, la arribada a las pesquerías en primavera de las meretrices suponía la implantación de un burdel provisional en las playas, y como tal habría de funcionar durante toda la temporada de la pesca, con su “padre”, “madre” o chulo controlando el negocio.

Un problema capital surgido al consentir la prostitución en el real de la almadraba estribaba en su más que cuestionable control. Los burdeles urbanos obedecían a unas normas, estaban regentados por personas que en cualquier momento podían responder de la justicia, y de cuando en cuando eran visitados por los representantes de la autoridad municipal. Estos hacían la vista gorda en múltiples ocasiones a cambio de ciertos favores, pero, en cualquier caso, al menos en teoría, había una forma de comprobar que el trabajo se estaba llevando a cabo dentro de un orden, e incluso recibían o podían recibir inspecciones médicas.

Pero en la playa este control tropezaba con ciertos inconvenientes. La prohibición, por ejemplo, de introducir armas en las mancebías –con manifiesto peligro para las mujeres- era algo más complicado de supervisar aquí, por mucho que en las almadrabas estuviesen prohibidas las armas.

No sabemos el número de las prostitutas que bajaban a Zahara aprovechando la disposición pronta a gastar que mostraban de los pícaros. Y es que, al parecer, estaba comprobado que, en todo el solar hispano, los pícaros se encontraban entre los principales clientes del sexo de pago. El jesuita Jerónimo Velázquez los consideraba asiduos de burdeles, junto a rufianes, lacayos, valentones “y otra gente pobre, vil y baja”.

Claro que en las almadrabas no sólo eran  los pícaros quienes acudían a las rameras, muchos otros hombres utilizaban sus servicios, por lo que es de suponer que existiesen distintos tipos de mujeres públicas según fuese el rango del cliente, como en cualquier ciudad. Por si acaso, la vigilancia del Duque se cuidaba mucho de que el personal no saliese del extrarradio de la pesquería a la busca de mancebas locales, pues en Zahara a excepción de las hijas y mujeres de taberneros y mesoneros no las había. Si es que no las hacían emigrar los padres y maridos en temporada alta a casa de algún pariente para evitar lo que podía venírseles encima.

No sabemos cuanto debe a la tentación de los pícaros por meterse en tierras ajenas buscando todo lo que consideraba aprovechable, mujeres incluidas, el carácter de los lugareños, a los que el Padre León conoció en temporada de almadrabas, y que no estaban dispuestos a consentir muchas alegrías. Gran parte del territorio de la Janda y alrededores de Tarifa estaba lleno de manadas de ganado vacuno, piaras de cerdos y rebaños de ovejas, vigilados atentamente por sus dueños, quienes no parecen “sino caribes, forajidos, y bandoleros con sus escopetas al hombro; que si lo encontrásedes en el campo temeríades con razón si os habían de matar salteándoos…”.

Desde luego, no vamos a decir que los autóctonos fueran unos beatos, sexualmente hablando. Parece de lo más normal que muchos de los pobladores locales, al igual que se llegaban a la almadraba para rezar en días de misa, acudiesen a pecar, como lo hacían los de Sevilla, donde los días de fiesta los hombres de los pueblos de los alrededores en los que no existían casas públicas acudían como en bandada a las mancebías:  agricultores, pescadores, arrieros, oficiales y aprendices, trajineros, tenderos, porquerizos, pastores, cabreros..., hombres que cada primavera se les presentaba una ocasión que acaso llevaban esperando todo el año y que no desaprovechaban, hasta el punto de arriesgarse a meterse en la boca del lobo de la picaresca y salir sin el dinero y sin la ansiada satisfacción.

Pero, por naturaleza humana, donde hay unas cuantas mujeres y un número ingente de hombres hay problemas, los cuales van desde una discusión acalorada a puñaladas sin cuento. Aunque en las almadrabas, como ya hemos indicado, estaban prohibidas las armas, los famosos cuchillos de cachas amarillas, citados por Cervantes (en Rinconete y Cortadillo –por ejemplo-), y por el Padre León a propósito, también, de Sevilla, debían formar parte del petate de la picaresca.

Hubieron de ser, con respecto a las mujeres, pendencias de hombres a la busca de trato sexual, más que de amoríos románticos. Bonilla Sanmartín, a propósito de los pícaros cervantinos, cuestión extensiva a todos los de la ficción literaria y acaso a los reales, dice que el pícaro es poco amigo de enamorarse, pues el amor supone un sacrificio que el pícaro no está dispuesto a hacer. Sin embargo, Tomás de Avendaño, en La Ilustre Fregona, aborta la ocasión de bajar a la almadraba por caer prendado de la belleza de Constanza en la posada de El Sevillano, en Toledo. Pero Avendaño es un caballero, hecho que demuestra al rechazar a las mozas gallegas que pretenden acostarse con él y con Carriazo, y al igual que don Quijote no concibe yacer con una mujer estando ya enamorado de otra. Cervantes es tributario de la moral de la época, y en la época un caballero que se preciara de serlo debía su corazón a una sola persona.

LAS MUJERES Y LOS SARAOS ENTRE FOGATAS

Claro que la exclusividad de los enamoramientos no la tenían los caballeros, y la condición picaril no era óbice para que no se prodigaran palpitaciones románticas en torno a las jábegas. Ocasiones, desde luego, no faltaban para prolongar los encuentros más allá del desahogo sexual.

Y es que pícaros y mujeres de la vida alimentaron la fama de los saraos que se formaban en la almadraba zahareña, y que ha llevado a algunos a afirmar que el término “cachondeo” proviene del nombre de su río, conocido por Cachón (precisamente por no ser otra cosa que una entrada de agua de mar). Si bien no tenemos argumentos fidedignos para dar por cierta dicha atribución, es indudable que a los pies del castillo y a la luz de la luna y de las fogatas hubieron de formarse muchas fiestas en las playas de Zahara, fiestas en las que a buen seguro corrió el vino, se templaron guitarras, se tocaron castañuelas y chirimías, y se cantó sin recato hasta bien entrada la noche.

A esto se refiere Cervantes, cuando en La Ilustre Fregona dice que en la almadraba de Zahara se daban “…los bailes como en bodas, las seguidillas como en estampa, los romances con estribos…”. En esta misma novela, el pícaro-caballero Diego de Carriazo se muestra como un consumado guitarrista y trovador, gran improvisador por ser de “fácil y lindo ingenio”. De hecho, no deja de ser llamativa la coincidencia que tanto en esta obra como en “Rinconete y Cortadillo”, la música, el baile y el cante ocupen un papel esencial para comprender el ambiente en que se desarrolla la trama.

Pero, sin minusvalorar el papel de los pícaros en los saraos, debieron ser las mujeres, mujeres de la vida por no haber otras en este caso, las portadoras naturales del baile y del canto -y herederas las de la tierra,como hoy, de aquellas que Marcial alabara en época romana-, las que más y mejor animaran aquellas veladas zahareñas. Así suelen aparecer en la obra cervantina, donde se las ve cantando y danzando seguidillas y romances en escenas importantes y prolongadas. Además, para las prostitutas, el baile también representaba una forma de atraer los deseos y por tanto a los clientes.

Bailes los había de muchas clases, y a buen seguro que en Zahara se estilaban los más populares, que eran también los que menos agradaban a los más ortodoxos de la religión y las costumbres:

"Estos lascivos bailes parece que el demonio los ha sacado del infierno, y lo que aun en la república de los gentiles no se pudo sufrir por insolente, se mira con aplauso y gusto de los cristianos, no sintiendo el estrago de las costumbres y las lascivias y deshonestidades que suavemente bebe la juventud con ponzoña dulce, que por lo menos mata al alma; y no sólo un baile, pero tantos, que ya parece que faltan nombres y sobran deshonestidades: tal fue la zarabanda, la chacona, la carretería, la japona, Juan Redondo, rastrojo, gorrona, pipirronda, guriguirigaí y otra gran tropa de este género, que los ministros de la ociosidad, músicos, poetas y representantes inventan cada día sin castigo."

En fin, albergamos la fundada sospecha de que la faceta lúdica de la almadraba, y no la laboral, fue para los pícaros como el néctar de las flores para las abejas. Y más que muchos, como Carriazo y su compañero, no tenían la necesidad de vivir del trabajo. Ni las ganas.